domingo, 31 de mayo de 2015

Santos y Beatos. 1-7 junio

                                                                               1 de junio


                                                                            Justino (s. II)

            San Justino nace en Flavia Neápolis (actual Nablus. Palestina). Se convierte al cristianismo en Éfeso. Se instala en Roma y funda Didascáleo romano, una escuela de filosofía cristiana. Escribe Apologías y el Diálogo con el judío Trifón, en defensa del cristianismo. Entre el 162 y 168 sufre el martirio en tiempos del emperador Crescencio.

                                                                    Común de un Mártir

            Oración. Señor, tú que has enseñado a San Justino a encontrar en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Cristo, concédenos, por intercesión de tu mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y mantenernos firmes en la fe. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                                2 de junio


                                                     Camila Bautista Varano (1458-1524)

            Santa María Camila nace en Camerino (Macerata. Italia) el 9 de abril de 1458, hija natural de Julio César Varano. Pide a su padre el ingreso en el monasterio de las Clarisas de Urbino. Él se opone, pero, al final, da su permiso ante la insistencia de María Camila. Julio César rehace entonces el monasterio de Santa María Nueva para vivir junto a su hija. Camila profesa tomando el nombre de Bautista. Escritos místicos suyos: «Los dolores mentales de Jesús», «La vida espiritual», «Las consideraciones sobre la pasión»; «El tratado de la pureza del corazón», las «Oraciones» y las «Poesías». Su padre y hermanos son asesinados por las tropas de César Borgia que toman Camerino. Aquí se ratifica en el seguimiento de Jesús pobre y crucificado y perdona a los asesinos de su familia. Muere en Camerino el 31 de mayo de 1524 a la edad de 66 años. El papa Gregorio XVI aprueba su culto el 7 de abril 1843. Es canonizada por el papa Benedicto XVI el 17 de octubre de 2010.

                                               Común de Vírgenes

Oración. Señor, Dios nuestro, que has distinguido a Santa Camila Bautista por la contemplación de la pasión de tu Hijo Jesucristo; concédenos, por su intercesión, la gracia de amar la cruz de Cristo y alcanzar la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                            2.1 de junio


                                                          Félix de Nicosia (1715-1787)

            San Félix nace en Nicosia (Sicilia. Italia) el 5 de noviembre de 1715, en una familia pobre, pero muy religiosa. El mismo día recibe el bautismo con los nombres de Felipe Jaime. Su padre, zapatero, murió un mes antes de que él naciera. Félix continúa con el trabajo de su padre. Solicita entrar en los Capuchinos de Nicosia, y no es admitido hasta ocho años después. Hace el noviciado en el convento de Mistretta 1743; toma el nombre de Félix; profesa el 10 de octubre de 1774. El primer traslado es a Nicosia, donde ejerce el oficio de limosnero, ayudando a la comunidad y a los pobres, con los que compartía los bienes que recolectaba. Esta labor la alterna con el trabajo en el huerto y en la enfermería. Es devoto de Jesús crucificado, de María la Vir-gen y de la Eucaristía. Muere el 31 de mayo 1787. El papa León XIII lo beatifica el 12 de febrero de 1888 y Benedicto XVI lo canoniza en 2005.

                                               Común de Santos Varones

            Oración. Dios misericordioso, que enseñaste a San Félix de Nicosia a servirte con simplicidad y humildad, y dispusiste su corazón para los bienes celestiales, concédenos imitar sus ejemplos en la tierra para participar de su gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                                 3 de junio


                                                 Carlos Lwanga y Compañeros (s. XIX)

En Uganda fueron perseguidos y martirizados muchos cristianos por el Rey Mwanga. San Carlos y 21 compañeros pertenecían a los funcionarios que estaban a su servicio.

                                                           Común de Mártires

            Oración. Señor, Dios nuestro, tú haces que la sangre de los mártires se convierta en semilla de nuevos cristianos; concédenos que el campo de tu Iglesia, fecundo por la sangre de San Carlos y Compañeros, produzca continuamente, para gloria tuya, abundante cosecha de cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                                  4 de junio


                                                 Andrés Caccioli de Spello (1194-1254)

            El beato Andrés Caccioli nace en Spello (Umbría. Italia) en el año 1194. Cursa los estudios eclesiásticos y se ordena sacerdote. Conoce a San Francisco e ingresa en la Orden en 1223 para seguirle en su imitación a Cristo pobre y crucificado. Asiste al tránsito de San Francisco el 3 de octubre de 1226. En 1233 preside el Capítulo de España celebrado en Soria. Después se retira a Las Cárceles, llevando una vida de oración y penitencia. Dirige a las Clarisas de Spello desde el año 1248, cuya abadesa es la beata Pacífica Guelfuccio, familia y discípula de Santa Clara. Ayuda a las hermanas a seguir el estilo de Santa Clara en contra de la Regla mitigada del Cardenal Hugolino. Fallece el 3 de junio de 1254. Es copatrono de Spello desde 1360. El papa Clemente XII aprueba su culto el 25 de julio de 1738.

                                               Común de Santos Varones

            Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Andrés la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

                                                                                   4.1 de junio


                                                        Pacífico de Cerano (1424-1482)

            El beato Pacífico nace en Cerano (Lombardía. Italia) en el año 1420; pertenece a una familia muy influyente en la sociedad llamada Ramati. Ingresa en la Orden en el año 1445 en Novara. Una vez ordenado sacerdote, se entrega por entero a la conversión de los cristianos con la predicación evangélica; promueve con vigor la devoción a María; participa en la cruzada contra los turcos. Escribe la «Somma Pacifica» o «Trattato della Scienza di confessare» sobre cómo proceder para escuchar las confesiones de los fieles (en italiano: Milán 1479, y latín: Venecia 1501. 1513). Es enviado a Cerdeña como Visitador de las fraternidades franciscanas de la región, donde fallece. Es enterrado en Cerano. El papa Benedicto XIV aprueba su culto el 7 de julio de 1745.

                                   Común de Pastores o Santos Varones

            Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Pacífico la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                              5 de junio


                                                                      Bonifacio (673-754)

            San Bonifacio nace en torno al año 673 en Inglaterra. Profesa en el monasterio de Exeter. Evangeliza en Alemania y es obispo de Maguncia. Funda las iglesias de Baviera, Turingia y Franconia. Es martirizado en el año 754. Su cuerpo se conserva en la Abadía de Fulda, fundada por su discípulo San Sturn.

                                                                      Común de un Mártir

            Oración. Concédenos, Señor, la intercesión de tu mártir San Bonifacio, para que podamos defender con valentía y confirmar con nuestras obras la fe que él enseñó con su palabra y rubricó en el martirio con su sangre. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                             6 de junio


                                        Lorenzo de Másculis de Villamagna (1476-1535)

            El beato Lorenzo nace el 12 de mayo de 1476 en Villa-magna (Chieti. Italia), hijo de Silverio de Másculis y de Pippa de Eletto. Ingresa en la Orden de los Hermanos Menores. Ordenado de presbítero se entrega a la proclamación del Evangelio por Italia. Su palabra va acompañada de una vida ejemplar –caminaba siempre descalzo–, y profecías y milagros, siguiendo la estela de San Juan de Capistrano, apóstol de los Abruzzos y de Europa. Su servicio apostólico dura unos 35 años. En el año 1535 predica la Cuaresma en Ortona a Mare, padece un ataque de gota, cuyo dolor soporta con gran resignación, y muere el 6 de junio. En 1829 se coloca su cuerpo, incorrupto, bajo el altar mayor de Santa María delle Grazie. El papa Pío XI aprueba su culto el 28 de febrero de 1923.


                        Común de Pastores o Santos Varones

            Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Lorenzo la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                                 6.1 de junio


                                                 Diego Oddi da Vallinfreda (1839-1919)

            El beato Oddi nace el 6 de junio de 1839 en Vallinfreda (Roma. Italia), hijo de Vicenzo Oddi y Bernardina Pasquali. Hasta los 33 años no puede cumplir sus deseos de ingresar en la Orden, porque debe hacerse cargo de parte de las responsabilidades familiares. Entra en Bellegra como “Terciario Oblato” en el año 1872. Cuando en 1877 son expulsados los religiosos de la casa de retiro, el beato se encarga de cuidar el huerto del convento. En 1878 se reabre el convento; en 1784 se implanta el noviciado, en el que ingresa el 12 de febrero; profesa el 14 de febrero 1786 y los votos solemnes los emite el 16 de mayo de 1889. Permanece en Bellegra hasta el día de su muerte, acaecida el 3 de junio de 1919. Ejerce el oficio de hortelano, limosnero, portero. Lleva una vida de oración y penitencia ejemplar. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 3 de octubre de 1999.

                                               Común Santos Varones


            Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Oddi la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

sábado, 30 de mayo de 2015

El Espíritu en Jesús

                                                               ESPÍRITU SANTO


                                                                         II

                                                                      El Espíritu en Jesús

            La relación de Dios con sus criaturas, centrada en el futuro Mesías, recae sobre Jesús, según la reflexión cristiana. Tal es así, que quien no reconoce la vida y misión de Jesús blasfema contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3,29). Jesús recibe el Espíritu, que está presente desde su misma concepción, como hemos expuesto antes. La presencia de Jesús en la historia se debe al Espíritu, que aparece de nuevo cuando los Evangelios sitúan el bautismo de Juan Bautista en los momentos previos a su proclamación del Reino de Dios.

            No se sabe con certeza cuándo surge en Jesús la experiencia de su peculiar filiación divina y la posesión del Espíritu con el que desarrolla la proclamación del Reino. La tradición cristiana coloca esta conciencia de Jesús en el bautismo por Juan, donde Dios le revela su identidad y misión. Esto significa el preámbulo de su actividad pública y, por consiguiente, un cambio trascendental de su vida, que su familia no ha presentido a lo largo de su convivencia doméstica.

           
Dice el texto: «Por entonces vino Jesús de Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban y el Espíritu bajando sobre él como una paloma» (Mc 1,9-10par). Salido de las aguas, es decir, cumplida la encomienda del Bautista, Jesús ve al instante que los cielos se rasgan. En esta experiencia personal comprende que Dios se le comunica bajando de su propia gloria, como él mismo acaba de subir del agua, provocándose el encuentro mutuo en la tierra amorosamente creada. Y es un descenso divino apasionado. El cielo no se abre para que salga Dios según relata Marcos, como sucede en Mateo (3,16) y Lucas (3,21), sino que está definitivamente abierto para que Dios, ¡por fin!, irrumpa sobre Jesús con el objetivo de cumplimentar la última escena de la historia de la salvación. Es como si Dios hubiera reconocido en el ámbito histórico a su Hijo; es como si hubiera encontrado a alguien disponible a quien entregarse plena y personalmente y preparado para que le obedezca, pues la relación de Dios con los hombres estaba truncada desde la desobediencia de Adán (cf. Gén 3,6). Entonces desciende el Espíritu, el Espíritu de Dios (cf. Mt 3,16) o Espíritu Santo (cf. Lc 3,22), que ha anunciado Juan, quedando éste en la dimensión de la espera y esperanza, que no en la realidad de la presencia del Reino. El Espíritu baja del cielo por la decisión propia de Dios, que no por la acción del bautismo de Juan, y es probable que se refiera a la unción específica que le hace Dios (cf. Is 42,1-4; Miq 3,8). Mas el Espíritu, invisible, que es el símbolo de la vida y fuerza de Dios, lo experimenta Jesús de una forma plástica: viene del cielo como desciende una paloma hacia su nido o hacia su cebadero.

           
A continuación pasa Jesús del ver al oír: «Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» (Mc 1,11par). Dios se dirige directamente a Jesús como su Padre. Es una afirmación que expresa dónde está enraizada la vida de Jesús. El Padre declara su amor y predilección por su hijo único. Esta predilección no lleva consigo el sentido antiguo de poder cuando se relaciona con el rey mesías a quien unge Dios para defender a Israel de las naciones enemigas, además de conquistarlas y dominarlas (cf. Sal 2,2.8-9). Más bien se relaciona con la cercanía y amor de Dios que plenifica la vida de Jesús, lo cual le señala como Hijo único, el amado, que en Marcos es posible que evoque el sacrificio que supone la entrega, como sucedió con Abrahán e Isaac (cf. Gén 22,2; Am 8,10), ya que Dios Padre se une a ese Hijo predilecto (cf. Mc 12,6) que da la vida para la salvación del hombre, según su propio designio. Y Jesús es, además, el siervo (cf. Is 42,1), el predilecto de Dios que le ha capacitado al darle su Espíritu para devolver la fidelidad y estabilidad de la alianza entre Dios y los hombres. El Espíritu reposa sobre él como la Gloria de Dios descansaba sobre la tienda de la reunión (cf. Jn 3,34-36).
           
            El Espíritu posee a Jesús antes de iniciar su ministerio en Palestina. Ese mismo Espíritu le conduce al desierto para que, como Hijo de Dios, sea tentado por el diablo. Las tentaciones, que son un resumen de las que experimentó en su vida pública, muestran la fidelidad y obediencia de Jesús a Dios.

           
El Espíritu concibe a Jesús (cf. Lc 1,35), desciende sobre él y le da la identidad filial (cf. Mc 1,11par), le indica la forma de siervo obediente para llevar a cabo la misión (cf. Mc 1,12-13), y ahora le presenta a su pueblo para que proclame el contenido del Reino que va a revelar (Lc 4,14): es un acto programático de todo lo que va a llevar a cabo en Israel; es decir, quien lo habilita para esta misión es también el Espíritu. Y con él llegan los tiempos nuevos simbolizados con la persona y la actividad de Jesús

            La escena la elabora Lucas (4,16-30par). Jesús va a Nazaret después de una gira por algunos pueblos de Galilea, donde la gente se entusiasma con su predicación (cf. Mc 1,32-34.39par). Jesús visita la sinagoga y lee al profeta Isaías ante sus paisanos: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61,1-2; 58,6). Jesús suprime la expresión «día de la venganza del Señor» (Is 61,8) y se presenta como el profeta que va a enviar Dios al final de los tiempos, o como mesías según se interpretaba en algunos ambientes (cf. 11 QMelk; 4Q 521); la unción del Espíritu la ha tenido en el bautismo, donde se le ha consagrado para realizar su misión mesiánica.

            La acción comprende lo siguiente: se centrará en los que esperan la ayuda del Señor ante una situación de pobreza y marginación extremas; ofrecerá la libertad a los que estaban encarcelados y desterrados, y hará ver a los ciegos, que significa «ver» al que trae la salvación para acceder a ella, ya que el profeta es la luz del mundo (cf. Is 42,6-7), como Juan presenta al ciego de nacimiento (cf. Jn 9,35-38). Por último, inauguraría con su presencia el año jubilar que se debía celebrar cada 49 años donde cada uno recuperará sus tierras, o se le perdonarán sus deudas, o se restablecerá su dignidad al liberarse del sometimiento a un amo (cf. Lv 17-26). Sin embargo se entiende mejor la expresión como «un año de gracia», un año en el que el Señor, por el Espíritu que posee Jesús, se mostrará con bondad y actuará con misericordia, con la salvación largo tiempo esperada (cf. Lc 4,24; Hech 10,35). Y esta salvación comienza a cumplirse «hoy» con la presencia de Jesús, que es la presencia del Espíritu del Señor (cf. Lc 4,21), como sucede cuando nace (cf. Lc 2,11), con la curación del paralítico (cf. Lc 5,26), con la providencia del Padre para con sus hijos (cf. Lc 12,28), con la denuncia a Herodes (cf. Lc 13,32), con la conversión de Zaqueo (cf. Lc 19,9) y con la donación del paraíso al crucificado con él (cf. Lc 22,34). La nueva fuerza del Espíritu dado a Jesús proclama la actuación misericordiosa de Dios en la historia, la liberación de todos los oprimidos y los inicios de la salvación definitiva personal y colectiva.
                                                                      
           
«Jesús gritó con voz fuerte: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). El grito que precede inmediatamente a la muerte en Marcos (15,37), Lucas lo convierte en una oración recogida del Salmo 31,6 y practicada por Israel como oración de la tarde. Lucas acentúa la actitud de oración de Jesús a lo largo de su ministerio. En este caso, el sentido del Salmo es que el justo se fía de Dios, confía su vida a Él; le cede la custodia de su existencia cuando los hombres se empeñan en arrebatársela o la tienen minusvalorada. La escena en la cruz describe una reacción de Jesús contraria a la ausencia y lejanía de Dios que relata Marcos. Jesús recobra su condición filial, por eso Lucas cambia el «Dios» del Salmo por el «Padre» con el que se ha relacionado a lo largo de su vida, p.e., en la Oración de júbilo (cf. Lc 10,21), en el Padrenuestro (cf. Lc 11,2) o cuando se dirige a Dios en Getsemaní (cf. Mc 14,36par). Jesús entrega al Padre la poca vida, «espíritu», que le queda; la vida que se ofrece en el momento de la creación (cf. Gén 35,18) y que en Jesús procede del Espíritu y de María y forma parte del ser divino; y se la devuelve al Padre como algo que le pertenece esencialmente. Por eso ha nacido de Él, ha permanecido en la vida pendiente y dependiente de Él y a Él se la remite como un acto natural y familiar.



Perseguir gays

                                                                      Perseguir gays 




Francisco Henares
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum


           
Hacia el final de octubre pasado, una noticia llenó la primera plana de un periódico de Murcia. Se trataba de esto: unos alumnos de bachillerato de Caravaca, al acabar las clases al mediodía, empezaron a perseguir por la calle a dos compañeros. De  los perseguidos, uno era homosexual, y la chica era lesbiana. Insultaron a éstos, los apedrearon, y a la chica, una de las piedras le dio en la cabeza y le hizo perder el conocimiento. Los insultos de bollera y otras lindezas, se oían por la calle. Menos mal que los energúmenos no pudieron hacer más, porque unas cuantas familias que vieron el espectáculo se pusieron delante y ayudaron. Gracias sean dadas a las familias que defienden a los perseguidos. Parece ser que se ha presentado una denuncia contra tales monstruos, que están acabando el bachillerato, y quizás un día hasta tengan una carrera. Parece, sin embargo, mentira que sean estudiantes y no analfabetos quienes  se recrean en esto. ¡Qué verdad es que los títulos no dan la cultura! He aquí una noticia que de vez en cuando salta a la radio, o a la TV. Unos jóvenes salvapatrias parecen saber de moral más que todos nosotros. Lo peor es que esa falsa moral la imponen a palos, como verdugos. Recuerdo ahora que al final de marzo pasado, en Gijón ocurrió algo parecido con una menor, a quien sus compañeros de clase, y en las redes e internet hacían objeto de burlas y desprecios. La chica (se llamaba Carla) acabó tirándose por un acantilado y apareció ahogada al día siguiente. No pudo aguantar más la pobre con lo que ahora llaman en inglés el bullyng, que es la persecución a personas que no pueden defenderse. Pero en español eso se llama salvajada, ser sinvergüenza sin más. Si alguien es gay o lesbiana dejemos que lo viva en paz y en amor, de forma cordial y educada, porque eso no es una deformación, a pesar de que todavía haya gente que suelta su agresividad en contra. Si tú no eres de una forma determinada, lo que no puedes es hinchar a palos a la contraria. Debemos ser solidarios de los más perseguidos, debemos parar a los que se creen más machos, porque usan  mamporros o pedruscos. ¡Ojalá prospere la denuncia, y prosperen unas leyes claras que defiendan un orden y concierto en medio de la barbarie de cada cual! Cierto que en Caravaca esto ocurrió en la calle, y no dentro del Instituto, pero deberían tomar nota los profesores (para esto son educadores) y sentar a esos desaprensivos en un juicio escolar a fin de que reconozcan su desvarío asqueroso. Con frecuencia tiran más piedras lo que más tienen que callar.                                                                       
           
No hace muchos meses el Papa Francisco expresaba que quién es él para juzgar a homosexuales. Hubo quien se escandalizó, porque estamos quizás más acostumbrados a condenar. Nos daba el Papa una lección de no juzguéis y no seréis juzgados, que es evangelio que da vida, y que es educación a la vez en buenos modales. Servía también de aldabonazo para naciones, políticos, educadores, eclesiásticos que todavía se dejan caer con prohibiciones, leyes, y vejaciones, como si un homosexual fuera un animal de segunda categoría. Ya está bien de juicios rotundos, de dogmatismos e incultura que defienden estilos del pasado, y encima se creen superiores. Un solidario, por el contrario, busca razones, estudia, escucha, observa, y toma parte con quien sufre. No es justo que quien es un heterosexual quiera que todos sean iguales a él. Que seamos más en número no indica nada. Sólo es una estadística. Las razones personales están por encima de toda estadística. Por otro lado, debe aprobarse rápidamente una ley sobre el acoso escolar, porque en el artículo 173, 1 del Código Penal,  no está el acoso tipificado como un delito. De hecho, sabemos que en la práctica es muy complicado lograr una condena contra un menor en casos semejantes al que contamos. Lo más que se logra es que le caiga de pena trabajar en algo que sea en beneficio de la comunidad. Pero lo grave no se ha hecho contra la comunidad, sino contra unas personas concretas. Salvar a éstas es una urgencia.         

                        Solidario lo llevas dentro. Paco Henares. Fundación Clara Henares.


domingo, 24 de mayo de 2015

Las tres relaciones de Amor

                                                                        LA TRINIDAD (B)
                                           


            Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28,16-20

            En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.


1.- El PadreLa conclusión de la Iglesia cuando ora, medita y enseña la vida de Jesucristo es que Dios, que le ha enviado, es Amor; es donación de sí al Hijo y del Hijo al Padre (cf. Lc 10,21-22). Dios no ha retenido para sí al Hijo. Él ha regalado lo más preciado de su vida para que tengamos vida, sin mérito alguno por nuestra parte. Dios no aceptó perdernos cuando pecamos al inicio de la historia. Dios no es el que está sentado en su trono para observar a la creación de una manera impasible cómo nos esclavizamos y nos matamos.  Es como un padre y una madre, que siempre lo serán aunque los hijos se alejen o se independicen. Dios entrega a su Hijo a la historia humana y con ello vive los horrores que hemos creado en nuestra convivencia malsana. Pero Jesús experimenta nuestro mal sin dejar de obedecer y ser fiel al amor del Padre, los que ha supuesto nuestro perdón definitivo. Además, su resurrección nos crea la esperanza de que nuestra vida no termina donde nuestro pecado fijó su destrucción: la muerte, sino en la vida sin fin de su amor eterno.

2.- La Comunidad.  La Trinidad expresa la comunión entre las relaciones divinas. Dios crea, recrea y salva, y las tres funciones están íntimamente relacionadas. No hay ni oposición, ni distanciamiento entre ellas, sino funciones que se suceden unas a otras, se complementan y se fortalecen. La comunidad humana y cristiana es imagen de estas relaciones divinas. La familia crea y desarrolla la vida, de forma que hace de niños personas. La sociedad y la comunidad cristiana crea al recrear y desarrollar las vidas que no han tenido la oportunidad de alcanzar su dignidad, o simplemente complementan desde las relaciones amorosas divinas nuestros fallos y pecados culturales e institucionales. Como la persona, las sociedades y las comunidades tienden a buscarse a sí mismas, desconociendo el nombre de los vecinos, por hemos construido muros bien altos para no ver lo que pasa en África, por ejemplo. La comunidad cristiana posee el Espíritu, que le recuerda constantemente cuál es su misión: hacer relevante a un Dios que continuamente crea, recrea y salva, porque no se cansa de darse sin límite a nuestra vida común y personal. 
3.- El creyente. Nosotros, al ser amados por Dios (cf. Rom 5,8-9), adquirimos la capacidad para amar, porque Dios es el origen y la raíz de todo amor. Cuando amamos al prójimo y amamos a la creación es una expresión visible del amor a Dios; el sacramento del encuentro con Él; no hay otra forma de demostrar que el amor a Dios es verdadero. Por otra parte, Jesús enseña la unión entre el amor a Dios y el amor al hermano (cf. Mc 12,28-34par). Esto nos conduce a denunciar los dioses que se han instalado en nuestra conciencia proveniente de una cultura esencialmente egoísta y mercantil. Creamos dioses al uso, iconos del arte, la ciencia, el deporte, la política, etc., donde tapamos a Aquel que es el que realmente favorece la paz interior y la relación pacífica con los otros, reconociéndolos como parte de nosotros. Debemos pedir al Señor que tengamos una experiencia verdadera de su amor, para resituar todos nuestros mitos, nuestros ídolos, nuestros dioses, que impiden una y otra vez un diálogo franco y sincero con el Señor y con los demás.





Tres relaciones de Amor

                                                                          LA TRINIDAD (B)


                                       

            Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28,16-20

            En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.


1.- El Padre. Celebramos el centro de nuestra fe, que no es otro que la identidad de nuestro Dios. No es una cuestión complicada cuando escuchamos lo que Jesús nos dice de Dios. Somos los humanos los que la enredamos cuando intentamos definir a Dios con nuestra razón. Y, naturalmente, no le podemos definir. Veamos cómo experimenta Jesús a Dios, más que enseña. Explica que es una relación muy diferente a la establecida por la Ley o plasmada en los sacrificios en el templo de Jerusalén. Dice Jesús que Dios un Padre; que Dios es Creador, y lo es por el amor; es su amor lo que le ha hecho salir de sí para crear criaturas felices. Dios es totalmente diferente a la creación, pero la hace a su imagen y semejanza, para que la persona, devolviéndole el amor por el que ha sido creada, pueda mantenerse ligada a su origen amoroso. Dios es el salvador, salvación que promete en el mismo instante en el que la criatura decide alejarse o enfrentarse a Él. Dios la quiere salvar, porque no puede dejar de amarla. Jesús experimenta a Dios como su  Padre, y lo da a conocer como nuestro Padre. Pero su Padre y nuestro Padre, que entrega a lo más preciado que tiene ―a Jesús―, exige obediencia a su relación de amor y respeto a la dignidad de su nombre.

2.- El Hijo. Jesús se sabe y se experimenta como Hijo, enviado por el Padre para recuperar a su criatura maniatada por los lazos de la soberbia y del poder, que hace excluir de su vida a los demás y dar la espalda a quien le ha traído a esta vida. El Hijo es el que revela que el Padre es pura relación de amor, y con dicha relación de amor revela también cuál es la situación real de la humanidad: vivir inmersa en una cultura de violencia y de muerte, que es superior a las fuerzas humanas, que la ha esclavizado. La persona a estas alturas sólo puede vivir pendiente de sí misma y de sus intereses. La cultura del mal, que define a Dios y al hombre desde la violencia, es la que llevó a Jesús a la cruz. Y con el relato de su vida es cuando podemos comprender lo que nos ama Dios. El amor en Dios no es la declaración que hace en un discurso, ni lo que contiene las ideologías, ni las proclamaciones de tantos credos religiosos. Dios amor ofrece lo más preciado de sí para recuperar a los que salieron de la bondad de su corazón. No lo ha podido hacer mejor.


3.- El Espíritu Santo. Para que la creación y recreación, como relación de amor del Padre y del Hijo, no sean hechos del pasado, sino relaciones vivas y permanentes para sus criaturas, nos enviaron a su Espíritu. El Espíritu es cómo Dios nos ama, qué piensa Dios cuando ama, qué hace Dios cuando nos ama, qué decide Dios cuando busca nuestra felicidad. Y ese Espíritu de amor del Padre es el que le ha hecho enviar a su Hijo, es el que ha hermanado a toda creación con él, es el que transforma a cada uno de nosotros en hijos de Él y hermanos entre nosotros. Y esto es muy diferente a como la humanidad se ha construido en sus culturas desde su soberbia, poder, y la violencia y odio que desarrolla. Por eso hay que nacer de nuevo, como enseña Jesús a Nicodemo, para comprender estas tres relaciones de amor que es nuestro Dios: Padre, Hijo y Espíritu. Hechos, como somos, a imagen y semejanza del Señor, seremos felices cuando orientemos nuestra vida en dicha triple relación que es el Señor: amor que nos hace capaz de crear: crear una familia, de crear puestos de trabajo, de crear espacios donde la tierra dé de comer y los hombres puedan vivir; crear instituciones donde las personas puedan convivir desde el respeto mutuo; etc.; amor que nos hace ser hermanos de los demás: hermanos capaces de reconocer la dignidad humana de los demás, y tratar de recuperar a los que aún no saben su filiación divina y ; amor que no se cansa de darse y servir para seguir creado y hermanando.

                                   

La persona en Pablo

                                                Francisco de Asís y su mensaje

                                                           XIX
                                              

                                                                     La persona en Pablo

           
Es elocuente el testimonio personal de Pablo. En primer lugar relata esta situación en su vida: «...No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Y me encuentro con esta fatalidad: que deseando hacer el bien, se me pone al alcance el mal. En mi interior me agrada la ley de Dios, en mis miembros descubro otra ley que guerrea con la ley de la razón y me hace prisionero de la ley del pecado que habita en mis miembros» (cf. Rom 7, 14-24). No es Pablo quien actúa, sino el pecado que habita en él y le obliga a realizar actos en contra de su deseo de hacer el bien. Pablo participa de un pecado estructurado por una red que envuelve a la vida humana y que transforma en pecador a todo hombre (cf. Rom 3,23). El poder del pecado es tal que hace de Pablo su esclavo, y se le evidencia como un dinamismo que lo rompe interiormente imponiéndose al bien que quiere llevar a cabo. El resultado es la división interior entre el amor que le infunde su imagen divina y le conduce a vivir según el Espíritu —según la ley de Dios— y la soberbia que experimenta con el peligro de que se puede adueñar de él por completo. La conciencia personal que experimenta Pablo del pecado es que hiere y rompe la relación personal de amor que Dios como Padre ha establecido con él como hijo. Es la quiebra de una relación de amor divino que se ha puesto al alcance de los hombres y que, a la vez, muestra la rotura de la fraternidad humana, toda ella constituida como hija por un amor vivido hasta la muerte, como es la vida de Jesús.

           
En segundo lugar Pablo personaliza la tendencia hacia el mal; es un deseo que no puede evitarlo. La presencia del mal inscrita en las culturas adquiere tal potencia que se vuelve una realidad connatural en todas las personas, y les empuja a practicarlo (cf. Rom 5,12-14). No es que la naturaleza sea en sí mala, pues entonces afectaría a la bondad de Dios que la ha creado y le ha marcado unos objetivos, según señala la Escritura. Es más bien que la historia elaborada por los pueblos se asienta sobre unos pilares agrietados poniendo en riesgo la morada que los cobija; transitan por un mundo cuyo ambiente está corrompido. De esta forma, el hombre al respirar una atmósfera viciada, aviva su tendencia al mal, pervierte su libertad y sus comportamientos, y contribuye, a su vez, a la potencia solidaria y social del mal. Hay dos realidades que corroen la existencia humana: la muerte sin sentido, anunciada por la enfermedad, el dolor y la degradación psíquica y física, que rebela al hombre contra ella, no obstante su dimensión contingente y finita; y la rotura de su integridad personal que incide en su libertad y en su dominio de la concupiscencia, entendida como un apetito que le empuja hacia el mal, y que sortea sus potencias racional y afectiva. La quiebra interior, la distancia entre el ser y el hacer, como experimenta Pablo, hace que la persona discurra por unos vericuetos distintos del camino indicado por Dios y se aleje de su proyecto inscrito en la imagen que lleva impresa. La disociación entre historia humana, persona individual e imagen de Dios hace que la integridad humana se rompa y conduzca al hombre a la práctica del mal, a admitir su responsabilidad y a cargar con la culpa consiguiente.

           
Dios responde a las acciones humanas libres, que ponen en marcha el mecanismo de destrucción y muerte de la creación, con su presencia en la historia por medio de Jesús. La Encarnación hace posible que el hombre cambie y se rehaga a sí mismo; a la vez, ofrece la oportunidad de la reconciliación personal al reconciliarse con Dios, y que la fuerza del mal se vea superada por la del bien: «Pues si por el delito de uno murieron todos, mucho más abundantes se ofrecerán a todos el favor y el don de Dios, por el favor de un solo hombre, Jesucristo. [...] Donde proliferó el delito, lo desbordó la gracia. Así como el pecado reinó por la muerte, así la gracia, por medio de Jesucristo Señor nuestro, reinará por la justicia para una vida eterna» (Rom 5,15.20-21). Aparece entonces una nueva dimensión de la bondad que es más fuerte que la potencia del mal generada por las culturas y la libertad individual. Toda persona percibe en su interior estos ecos de Dios y de la maldad originando una tensión permanente en su vida.


       
     La convivencia del bien y del mal en la persona ¿cómo es factible experimentarla en favor del bien, que es la victoria de Dios en Jesús? ¿Cuál es el camino que hay que recorrer para que el bien se imponga definitivamente en el corazón humano? Todavía más: ¿es acaso posible existir en los parámetros del amor dentro de una historia corrompida capaz de cambiar razonablemente su perspectiva?