sábado, 28 de febrero de 2015

Palabras en la cruz. II. Dios mío,.....

                              LAS PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

                                                                  II


«A media tarde Jesús gritó con voz potente: Eloi eloi lema sabaktani (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,45).

La frase pertenece al Salmo 22,2. Este Salmo ha sido citado en la pasión; se emplea en la repartición de los vestidos d Jesús por los soldados una vez crucificado (Sal 22,7, cf. Mc 15,24par) y en las injurias de los sacerdotes y letrados (Sal 22,9, cf. Mc 15,32par). 
Las palabras de Jesús manifiestan una situación personal que venimos observando a partir de Getsemaní: el abandono de Dios. No solicita Jesús a Dios el porqué le están sucediendo estos hechos, sino expone la queja del justo por su alejamiento y falta de ayuda en la última etapa de su vida, cuando ésta ha descrito una fidelidad sin límites resumida en las tres tentaciones (Lc 4,4.8.10; Mt 4,4.6.10). El mismo Salmo afirma sin rodeos: «Fuiste tú quien me extrajo del vientre, me tenías confiado a los pechos de mi madre; desde el seno me arrojaron a ti, desde el vientre materno tú eres mi Dios» (22,10-11), además del v.9 puesto en boca de sus acusadores: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre si tanto lo quiere».
Pero el verso del Salmo puesto en boca de Jesús reproduce el lamento del justo de no verse liberado de la muerte. Ella le separa de su familia, de su pueblo, de su templo en cuanto presencia de Dios en la historia. El clamor de Jesús revela que habiendo sido fiel al Padre a lo largo de su vida, siente que éste le deja orillado en el camino sin dar la más mínima señal de ayuda y socorro. Porque sus discípulos huyen o duermen (Mc 14,37.40par), Judas le traiciona (14,10-11par), Pedro le niega (14,66-72par) y, ante esto, Jesús pierde la autoridad y el magisterio; los prebostes religiosos de su pueblo le juzgan, se ríen de su causa y le entregan a los romanos (14,55-64par) y, con ello, desaparece su identidad judía; Pilato lo tortura, y quita su forma humana (15,15-20par); y lo ejecuta como enemigo del Imperio arrebatándole la vida. La comunidad cristiana lee con acierto estos acontecimientos identificándolo como el siervo de Isaías: «... sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo [...] se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8); y la carta a los Hebreos le da el sentido: «... padeció la muerte para bien de todos» (2,9).

                                                           Reflexión

La reacción de Jesús ante los sufrimientos que padece no sigue la entrega personal que muestran muchos mártires, que ofrecen su vida por Dios y por los mejores ideales humanos. Ni siquiera expresa el dominio de sí del estoicismo griego, que simboliza la imagen de un Dios apático y sin sintonía con la historia. Más bien, aunque de una forma distinta, continúa la experiencia personal de la agonía de Getsemaní, en la que Marcos describe su angustia con esta queja al que puede sacarlo y liberarlo del abismo del dolor y la muerte. Si esto es verdad, también lo es que tanto el Evangelista como los lectores ya saben el final. Es decir, se cita el verso del Salmo de súplica, porque la salida a esta situación de angustia es un futuro en el que Dios ayuda y asiste al justo. De hecho, las tres predicciones de la pasión afirman a la vez la resurrección. La queja se ciñe a un momento en el tiempo y a un espacio concreto del camino del encuentro definitivo con Dios. No es una actitud permanente. De ahí que no enseñe el verso un estado de desesperación de Jesús por el que pierde toda referencia a Dios y se aleja por completo de toda posibilidad de salvación. Esto supondría la rotura definitiva con Dios: la pérdida de la esperanza, que arrastra a la fe y al amor. La frase, al incluir el «Dios mío», indica que Jesús permanece en la relación de toda criatura con su Creador, de Jesús con Dios, aunque no en el nivel que él ha experimentado en su vida: la relación filial con el Padre. Jesús experimenta a Dios como tantas veces sucede en nuestra vida, donde la percepción de sus silencios no son otra cosa que la expresión de nuestra sordera o ceguera  qu no de su fiel compañía.


Los contenedores

                                                          Contenedores

                                                      Francisco Henares Díaz
                                                               Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                  Pontificia Universidad Antonianum

            Habrán visto Uds. en TV y radio que se quiere aprobar una ley que borra del mapa social a esos pobres hombres y mujeres que pasan por los contenedores al atardecer, levantan la tapa grande, y empiezan a rebuscar materiales que les sirvan, desde unos tomates todavía aprovechables hasta unos zapatos pasables, y desde un bol de plástico a un tubo de metal o de hierro. O sea, que lo que nosotros tiramos, otros lo aprovechan. Más de una vez se ha dicho que por lo que una familia tira a la basura se sabe el nivel de vida en que se halla. El contenedor es como un termómetro que mide la temperatura del bolsillo en billetes. Por ejemplo, si tira una familia mucho papel medimos  que se lee en esa casa y se compran revistas, o algo parecido. Y a lo mejor, pensamos que tiene carrera, y por supuesto, no está en paro. O bien deja una TV obsoleta allí tirada, porque ya se ha comprado una TV de plasma. Y suma y sigue.                 
       
Pues a mí me interesa aquí hacer una defensa solidaria de esas personas junto al contenedor. Haré unas reflexiones acerca de lo que hablamos. Sale en la TV un político municipal o regional y empieza  a hablarnos de lo buena que será esa ley, porque valdrá para más higiene en la calle, para tener más limpia la ciudad, y todo eso. Se ve claro que culpa de la porquería de nuestras calles a esos de la carretilla, la moto y de las bolsas a cuestas que se llevan. Es cierto que más de una persona de las que hablamos en torno a los contenedores, saca las bolsas de adentro, las raja, y esturrea lo que no se lleva. Pero también hay otras personas que dejan la basura en el suelo, o envían al crío y éste no recicla. Pues señores políticos multen, prohíban y repriman a todos los sucios, igual que hacemos con los propietarios de los perros en calles y jardines, pero no prohíban como única forma, sino que vivan las personas de lo que hacían debidamente. No todos serán igual de sucios. Prohibir es la cosa más fácil del mundo. Y encima ese político en la tele decía que las multas serán de órdago. De 800 euros. Se queda uno pensando: este político ¿sabe para quién habla?  Para gente bien, supongo, porque los busca bolsas en el contendedor no han visto 800 euros juntos en su vida, quizás.
           
Y aquí me viene a las mientes otra reflexión. Carroña es cosa, idea o persona despreciable, según el DRAE. Y carroñero sería oficio de eso mismo. La basura es despreciable, pues. Siento que la palabra coja un sentido peyorativo siempre, pero se nos olvida que el ser humano fue carroñero en la antigüedad. Para sobrevivir tuvo que ser carroñero, vivir de las sobras, porque animales más potentes que él se llevaban la mejor parte. Da pena llamar carroñero a un hombre o una mujer, pero el carroñero hace un servicio a la sociedad y a la vida sana, a la ecología. Nadie desprecia a la abubilla, o al cuervo, o al buitre por ser carroñero. Hasta son especies protegidas en la biodiversidad. Son útiles. Así que si el hombre aprovecha lo que otro tira, no debiéramos ofendernos, sino agradecerlo. Pero nos hemos vuelto tan higiénicos y guapos que se convierten en seres despreciables. Hasta habría que ocultarlos y que salgan solo de noche, porque producen mal aspecto en la ciudad.
   
A mí me gustó más lo que dijo una chica en TV, al ser preguntada por todo esto, tras el aviso de que serían prohibidos. Dijo: a nadie le gusta ser carroñero, si estuvieran con un trabajo retribuido, se librarían del contenedor. Vamos que nadie va al contenedor por deporte, señores políticos. Y ahora cabe una última reflexión. ¿Puede haber intereses en borrar del mapa social a estas personas porque no es grata su figura? O ¿cabe la posibilidad de que alguna empresa esté interesada en industrializar todo esto, y le estorben los carroñeros para sus fines? Demasiadas preguntas quizás. Nadie habla de estas posibilidades. Nadie habla de mejoras en el empleo, tan enteco éste. Más fácil hablar de prohibir. Uno vuelve a pensar cómo las especies tienen sentido en su quehacer natural (la hiena, por ejemplo, que es carroñera), y los humanos, no alcanzamos a ordenar nuestra distribución en el hábitat. ¿Quién sabe más de la vida nosotros o ellos?      
           
A mí de todos modos, lo que más me preocupa es la multa. ¿Cómo la va a pagar el hombre con su carrito, su bicicleta vieja, o la bolsa entre las manos? 800 euros. ¿En qué estarán pensando los políticos guapos, bien aseados, y nosotros  pintiparados? Y si no la puede pagar ¿a qué viene poner la multa, si se declaran insolventes?  A lo mejor lo que necesitamos es irnos al campo y ver más a los animales, y que nos dé el aire. Todo menos atosigar a los pobres. Y en todo caso, vamos a crear puestos de trabajo, porque la crisis da para muchos contenedores y para muchas bolsas de hambre.                                                           


lunes, 23 de febrero de 2015

«Maestro. ¡Qué bien se está aquí!»

                                                  II DOMINGO CUARESMA (B)


                                                        «Maestro. ¡Qué bien se está aquí!»

        Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9,1-9.

        En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: —Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: —Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
        De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

1.-  Dios revela a Pedro, Santiago y Juan, y en ellos a los bautizados en Cristo, que la persona de Jesús, su Hijo amado,  es la nueva ley, es el profeta por el que nos habla definitivamente sobre nuestra salvación (cf. Heb 1,3). El Señor se reveló en el Sinaí a Moisés y le dio las tablas de la Ley para que Israel pudiera convivir. Elías es el símbolo del profetismo. Pues bien, Moisés y Elías son sustituidos por Jesús, la Palabra que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14) y que con su vida y doctrina nos comunica la buena nueva de la salvación. La voz llama a su seguimiento: "¡Escuchadle!". Dios ratifica las palabras y la vida de Jesús. Por consiguiente, Dios se deja ver y se escucha en la historia de Jesús, en su doctrina expresada en las parábolas y frases, y en sus hechos, en los milagros que muestran que Dios impulsa la vida curando y devolviendo la libertad a los poseídos por el diablo. Nuestra vida se abre a un mundo nuevo.
              
2.-  Cuando el Señor nos llama a salir de sí mismo, o mejor, que Jesús se adentre en nuestra existencia, sólo es posible cuando lo hacemos en la familia, en la comunidad cristiana, en las fraternidades que pululan en la Iglesia. No es posible que solos afrontemos la historia repleta de tentaciones continuas, de violencias sin cuento, o de fantasías irreales. Jesús devolvió a la realidad a Pedro, a Santiago y a Juan. Y, además de Jesús, quien nos indica la verdad de la existencia es la comunidad familiar y la comunidad cristiana. Son los otros los que nos señalan el objetivo de nuestra vida, la meta que debemos alcanzar, y de una forma paulatina la vamos haciendo nuestra. La ventaja es que no corremos solos; que vamos en grupo por la historia apoyándonos mutuamente en las cruces, y comunicando el gozo del Señor cuando los sentimos en nuestro corazón.
              
3.- El Tabor revela a Dios en su gloria; su cercanía transfigura y emociona. Y tan es así, que los discípulos quieren sujetar ese momento para siempre: «Hagamos tres tiendas…..», porque Dios está al alcance de la mano.  Pero estas experiencias no son permanentes en nuestra historia, transida por el bien y el mal. La tierra ni es el cielo ni es el infierno. Es una mezcla de ambos. Lo importante de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, es lo que nos comunica el Señor: por más que suframos, por más que tengamos problemas y sinsabores, la vida termina en Él; la vida concluye en la transformación final que sólo Dios da a los que le son fieles y le corresponden en el amor. Para ello hay que escuchar a Jesús, y después de escucharlo, adentrarnos en él y ver la realidad con sus ojos, para decir con San Pablo: «No soy yo, es Cristo que vive en mí» (Gál 2,20).




               

Este es mi Hijo amado; escuchadlo.

                                         II DOMINGO CUARESMA (B)


                                                          Este es mi Hijo amado; escuchadlo.

        Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9,1-9.

        En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: —Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: —Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
        De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

Iglesia de la Transfiguración
Tierra Santa
1.- Texto. Los discípulos saben que el mesianismo de Jesús no es un camino triunfante avalado por su todopoderosa filiación divina. Poco antes de su transfiguración, en la confesión de Pedro, le dice a los discípulos que el Hijo de hombre tiene que padecer y morir (cf. Mt 16,21). Para reforzar su fe, se lleva a su círculo íntimo a orar al monte. Transfigurado Jesús por la presencia divina, el Padre comunica su identidad y función fundamental a Pedro, Santiago y Juan: es el Hijo amado; es la Palabra que revela la auténtica voluntad del Padre; es el que completa y resume la ley y los profetas. Con él, como ya lo indicó con Juan Bautista (cf. Mt 11,7), comienza un mundo nuevo, una vida nueva.
2.- Mensaje. Pero el estilo de vida de Jesús es el de un siervo, obediente a Dios, obediente al servicio de los hombres, como antes el Padre le reveló en el Bautismo (cf. Mt 3,17). Forma de siervo que le lleva al extremo de morir por amor en la cruz: «No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Pedro, Juan y Santiago lo van a contemplar muy pronto en la oración del huerto, cuando suda sangre y se rompe interiormente al contemplar la inutilidad de su ministerio y al presentir su camino de cruz (cf. Mc 14,32-42par). Por ello, los discípulos necesitan saber que la cruz no puede esconder, y menos negar, la vocación divina de Jesús, la revelación definitiva de la voluntad salvadora del Señor a todos sus hijos. Y tal experiencia se les presenta con la glorificación de Jesús, aquel que la cruz no podrá con él, porque Dios, desde siempre, le ha sido fiel.
3.- Acción. La pasión y la cruz es un camino que termina en la resurrección. Es la vía que ha recorrido Jesús.  Nuestra vida también entraña las experiencias de felicidad y tristeza, de gloria y de muerte, de gracia y desgracia, etc., en su caminar lento o rápido hacia el encuentro con el Señor. Nuestra existencia no es toda gloria, como si fuéramos ángeles, ni es toda desgracia, como si fuéramos diablos. Nuestra historia es un cúmulo de experiencias buenas y malas, de tabores y de cruces que se entrecruzan continuamente, o por fases y tiempos determinados. Debemos convencernos que al final está la resurrección; que al final sólo quedará lo que hayamos amado, es decir, la dimensión de Dios hecha realidad en nuestros actos y actitudes (cf. 1Jn 4,16). No necesitamos ni la venganza, ni la violencia, ni el poder para solapar la desesperanza o las frustraciones. Simplemente ser fiel, como Jesús, al Padre, que tiene la última palabra sobre nosotros, y nos lo demuestra, de vez en cuando, en los momentos de felicidad que disfrutamos a lo largo de nuestra vida.



domingo, 22 de febrero de 2015

Santos y Beatos: 23-28 febrero

23 de febrero
Policarpo ( 155ca.)

            San Policarpo, obispo de Esmirna (Turquía), es discípulo de los Apóstoles, de los que escuchó la vida y la doctrina de Jesucristo. Recibe a San Ignacio de Antioquía en su viaje a Roma. También San Policarpo va a la Ciudad Eterna para tratar con el papa Aniceto la fiesta de la Pascua. Es martirizado en torno al año 155.

                                               Común de Mártir

Oración. Dios de todas las criaturas, que te has dignado a agregar a San Policarpo, tu obispo, al número de los mártires, concédenos, por su intercesión, participar con él en la pasión de Cristo, y resucitar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.



24 de febrero
Isabel de Francia (1225-1270)

            La beata Isabel de Francia es hija del rey Luis VIII y Blanca de Castilla. Dada en matrimonio a Conrado Hohenstaufen, hijo del emperador Federico II, renuncia a casarse por haber hecho el voto de virginidad. Se dedica a asistir a los enfermos en los hospitales, ayudar a los pobres y acrecentar la devoción a la Eucaristía, medio con que busca identificarse con Cristo. Construye un monasterio de Clarisas en Longchamp, situado a las afueras de París y dedicado a la Humildad de Nuestra Señora. Le acompañan varias jóvenes de la corte francesa y otras hermanas venidas de otros monasterios, en especial de Reims. Las religiosas no se llaman «Hermanas Pobres», como en la Regla de Santa Clara, sino «Hermanas Menores Encerradas». En el claustro adopta una vida de penitencia y oración, haciendo especial hincapié en la humildad y la pobreza, entendida ésta de una forma menos radical que Santa Clara. Vive en un ala del convento con estancias propias; no emite los votos religiosos, seguramente para no ser abadesa. Muere el 23 de enero de 1270. Asiste a los funerales su hermano San Luis IX, rey de Francia. León X aprueba oficio y misa en su honor el 11 de enero de 1520, e Inocencio XII, a finales del s. XVIII, los extiende a toda la Orden Franciscana.

                                               Común de Santas Mujeres

            Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la virgen Isabel de Francia abundancia de dones celestiales, concédenos imitar en la tierra su seguimiento de Cristo pobre y crucificado, para que también podamos gozar en su compañía en tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


25 de febrero
Sebastián de Aparicio (1502-1600)

            El beato Sebastián de Aparicio nace en Gudiña (Orense. España) en el año 1502, hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado. Su oficio es de pastor. Con las ganancias mantiene a su familia. Muertos sus padres y casadas sus hermanas, emigra a México. Aquí se dedica a la agricultura y hace carros de carga tirados por bueyes. Con ellos transporta mercancías de un pueblo a otro. Con sus productos comercia en Veracruz, Zacatecas y en la ciudad de México. Todas las ganancias las distribuye entre los necesitados, como antes lo hizo con su familia. En 1552 deja el comercio y se centra de nuevo en las labores agrícolas y ganaderas. Adquiere una hacienda en la que crea la primera escuela industrial que hay en México; se dedica a enseñar a los campesinos para ganarse la vida con honradez. Se casa dos veces. Cuando enviuda de la segunda mujer, ingresa en la Orden el 2 de junio de 1573 a la edad de 71 años en la ciudad de México. Por 27 años vive dedicado a la oración y penitencia. Se encarga de pedir limosna, cuidar el huerto y hacer las compras. Muere el 25 de febrero del año 1600 a los 98 años de edad. Pío VI lo beatifica el 17 de mayo de 1789.

                                               Común de Santos Varones

            Oración. Oh Dios, que hiciste a tu siervo Sebastián de Aparicio caminar por la senda de la simplicidad de corazón y le colmaste de dones celestiales, concédenos, por su intercesión, que te sirvamos con mente pura y con corazón limpio. Por nuestro Señor Jesucristo.


27 de febrero
        Francisca Ana de la Virgen Dolorosa (1781-1855)

            La beata Francisca Ana nace Sancellas (Baleares. España). Trabaja con sus padres y hermanos en labores agrícolas. En su tiempo libre se dedica a explicar el catecismo a los jóvenes en la parroquia de su pueblo. Fallecidos su madre y sus tres hermanos, ingresa en la Orden Franciscana Seglar en 1798. Cuida a su padre hasta 1821, año en que muere. En 1850 el rector de la parroquia, Juan Molinas, crea una casa de caridad al estilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente. Le encarga el proyecto a Francisca. El 7 de diciembre de 1851 profesa con otras dos mujeres. Francisca cumple 70 años. No obstante se dedica con todas sus fuerzas a promover el Instituto así llamado Hermanas de la Caridad, y lo dirige con extremada prudencia. En esta casa instruye a los niños, socorre a los pobres, asiste a los moribundos. Muere el 27 de febrero de 1855. El papa Juan Pablo II la beatifica en Roma el 1 de octubre de 1989.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Francisca Ana, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

27.1 de febrero
José Tous y Soler (1811-1871)

            El beato José Tous y Soler, Franciscano Capuchino, nace en Igualada (Barcelona. España) el año 1811. A los 16 años ingresa en los Capuchinos de Sarriá (Barcelona), profesando el 19 de febrero de 1828. Se distingue por su unión con Jesús realizada por la oración y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María bajo la advocación de la Divina Pastora. En 1835, exclaustrado, viaja a Italia y a Francia donde se dedica a la dirección espiritual. Regresa a Barcelona en 1843. Funda las «Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor», dedicadas a la educación cristiana de la juventud. Inaugura el primer colegio en Ripoll el 27 de mayo de 1850; en 1858 se cierra este colegio y se abre uno nuevo en Capellades. El Instituto cuenta en la actualidad con fraternidades en Cataluña, Murcia, País Vasco y Madrid; y en Iberoamérica: Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Colombia y Cuba. Muere el 27 de febrero de 1871 celebrando la Eucaristía en Barcelona. Es beatificado por el papa Benedicto XVI el 25 de abril de 2010.
                                               Común de Pastores

            Oración. Oh Dios, que al beato José Tous, presbítero, diste la gracia de seguir fielmente a tu Hijo, en la pobreza y humildad de espíritu, y suscitar en la Iglesia la educación cristiana de los niños; concédenos, por sus méritos e intercesión, que profundamente renovados, podamos saborear la dulzura de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


27.2 febrero
María Caridad Brader (1866-1943)

            La beata María Caridad Brader nace el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn (St. Gallen. Suiza); es hija de José Sebastián Brader y de María Carolina Zahner. Estudia en el Colegio de María Hilf de Altstätten, de las Religiosas de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Ingresa en este Instituto franciscano el 1 de octubre de 1880 y profesa el 22 de agosto de 1881. Con La beata María Bernarda Bütler y otras hermanas viaja en 1888 a Chone (Ecuador) y más tarde a Túquerres (Colombia). Se dedica a evangelizar a los habitantes de las zonas de la selva colombiana. Funda en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada, dedicada a la educación de los niños y jóvenes pobres y marginados. Participa con intensidad en la Eucaristía y establece la Adoración Perpetua diurna y nocturna. La beata María Caridad es la oración encarnada. La pastoral social, el trabajo de promoción, la formación, la evangelización y la enseñanza religiosa son la herencia que deja a su Congregación. Es Superiora General desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940. En 1933 aprueba la Santa Sede su Congregación. Es beatificada por Juan Pablo II el 23 de marzo del año 2003.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la beata María Caridad Brader la gracia de adorarte por medio de su amor a la Eucaristía, concédenos imitar en la tierra esta virtud, para que también podamos gozar en su compañía de las alegrías de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


28 de febrero
Antonia de Florencia (1401-1472)

            La beata Antonia, de la Orden de Santa Clara, nace en Florencia (Toscana. Italia) en 1401. Contrae matrimonio a la edad de 15 años; tiene un hijo y queda viuda muy pronto. Se casa por segunda vez y enviuda de nuevo. Cuando el hijo es mayor de edad, ingresa en el convento de San Onofre de Florencia, de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, fundadas por la beata Angelina de Marsciano. Poco después es destinada al convento de Santa Ana de Foligno, y luego al convento de Santa Isabel de Áquila. Aquí conoce a San Juan de Capistrano, que defiende la reforma de la Orden junto a San Bernardino de Siena. En 1447 marcha con un grupo de religiosas al monasterio del Corpus Domini para observar al pie de la letra la Regla de Santa Clara, sobre todo en los aspectos de pobreza y penitencia. San Juan de Capistrano le encomienda la dirección del monasterio, que ejerce durante toda su vida. Ella se ofrece para renovar la Segunda Orden y se convierte en el modelo femenino de la reforma observante. Muere el 28 de febrero de 1472 a la edad de 71 años en Áquila. El papa Pío IX aprueba su culto el 17 de septiembre de 1847.

                                               Común de Santas Mujeres


            Oración. Oh Dios, que infundiste a la beata Antonia de Florencia un profundo amor a la pobreza y la penitencia, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Jesucristo pobre y crucificado, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.

El martirio de Mons. Romero,

                    Antropología teologal de la justicia liberadora con los pobres
                                 El martirio de Mons. Romero, el Card. Müller
                                              y la Teología de la Liberación




                                                                                                  Agustín Ortega Cabrera
                                                                                                         Centro Loyola e ISTIC

              
Car. Müller
La espiritualidad y teología latinoamericana, en clave liberadora, tiene más actualidad que nunca. La comisión de teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos acaba de aprobar, por unanimidad, la declaración de martirio de Mons. O. Romero, asesinado en el Salvador en 1.980 por motivo de su fe en la entrega, servicio y compromiso por la justicia liberadora con los pobres. Con lo cual, se ratifica su más que posible y próxima beatificación. Asimismo, el Cardenal G. L. Müller, actual Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, ha publicado recientemente dos libros muy cualificados e importantes. El primero, Del lado de los pobres, Teología de la liberación, que ha sido galardonado con el Premio Capri San Michele, uno de los premios de ensayo más importantes de Italia. Y el segundo, Iglesia pobre para los pobres, La misión liberadora de la Iglesia, con prologo-presentación del mismo Papa Francisco. Ambas publicaciones están escritas en colaboración con Fr. G. Gutiérrez OP, presbítero y religioso dominico,  galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2003). G. Gutiérrez es considerado el padre de la teología de la liberación (TL) y uno de los teólogos más significativos de la época contemporánea.
Agustín Ortega
En estas publicaciones, el Cardenal Müller junto a G. Gutiérrez, tal como viene haciendo la enseñanza y vida de la iglesia, expone lo más valioso y fecundo de la teología de la liberación; precisando y matizando algunos posibles límites, malentendidos o deformaciones que se ha hecho sobre dicha teología. Lo cual fue lo que encarnó y promovió mártires (testimonios) como el de Mons. Romero o sus compañeros y amigos, los conocidos como mártires de la UCA, del que celebramos ahora su 25 aniversario. I. Ellacuría, I. Martín-Baró que junto a 4 compañeros jesuitas, casi todos de origen español, fueron asesinados junto a una trabajadora y su hija en su Universidad del Salvador (UCA). Todos estos mártires y testigos de la fe de la iglesia latinoamericana, con sus comunidades eclesiales de base, su espiritualidad liberadora, su praxis social…es la levadura de donde surgió la  TL.
G. Gutiérrez
En dichos libros, efectivamente, Müller y Gutiérrez van la raíz de la TL, que manifestó el testimonio de vida de Mons. Romero y de todo estos mártires, como es la espiritualidad y antropología teologal. Esto es, como la fe y la vida del cristiano está enraizada en el don de Dios (la Gracia), su Amor y Justicia, que nos libera de todo pecado, mal e injusticia.  La Gracia, el Amor de Dios que se nos dona en Jesucristo y su Espíritu Santo, se encarna y asume toda la realidad, la espiritual y personal, la cultural y social, la política y  económica. La espiritualidad y antropología cristiana tiene este carácter encarnado, social e integral que acoge y promueve todas las dimensiones de las  personas, las corporales y materiales, las económicas, las sociopolíticas y espirituales. Es una fe y antropología que supone la inteligencia de la fe, de la esperanza y del amor que es inseparable de la justicia liberadora con los pobres de la tierra. La fe cristiana se realiza en el don del amor y de la justicia, lo que nos libera de la maldad e injusticia que sufre la creación. Y, de esta forma, el servicio y compromiso del amor fraterno, de la solidaridad y justicia con los pobres de la tierra es constitutivo de la espiritualidad y vida teologal, de la misión evangelizadora de la iglesia, sin la que no existe verdadera fe ni existencia cristiana. Ya que, en este sentido, el alcance teologal de la justicia liberadora con los pobres está entrañado en el mismo Dios que, en Jesús, se hizo pobre para liberarnos de la injusticia y de todo pecado.
              
Jesús se encarna en lo pobre y con los pobres de la tierra porque es la realidad teologal desde: donde se realiza el amor, la paz y la justicia universal que le es negada a los pobres; donde nos liberamos del pecado del egoísmo y sus ídolos del poder, tener y de la riqueza (ser ricos), que es lo que causa la desigualdad e injusticia de la pobreza, la opresión que sufren los pobres y excluidos sociales; donde nos liberamos de la comodidad, indiferencia y complicidad ante toda esta injusticia, opresión y marginación que padecen los pobres de la tierra. Todo ello, esta vida y realidad teologal, es clave para la salvación que, como se observa, se realiza en el desarrollo y liberación histórica e integral de todas las dimensiones del ser humano, de todo lo que causa mal y oprime al ser humano. La fe cristiana supone, pues, esta antropología que promociona la sagrada e inviolable vida y dignidad del ser humano, que les son arrebatadas a los pobres, ya que los seres humanos somos semejanza e imagen de Dios. Aun más, todos los seres humanos  somos hijo/as de Dios Padre con entrañas Maternas, como se ha revelado en Jesus, y por tanto hermanos, cuya amor fraterno le es negado a los pobres. Y todavía más profundo, como apuntamos, los pobres y crucificados (en la injusticia) de la historia son sacramento (presencia real) de Cristo Pobre y Crucificado que nos salva en este don del amor, paz y justicia liberadora como se muestra en su Pascua por el Reino.
              
Así, el amor y justicia con los pobres se sitúan en el mismo corazón de la vida y espiritualidad cristiana que no es más que seguir a Jesús en el Espíritu y su Gracia Liberadora, para realizar el proyecto de Jesús, el Reino de Dios y su justicia. La existencia cristiana tiene su corazón en esta espiritualidad, en el Espíritu de Dios liberador que va realizado la salvación que nos trae el Reino y su amor, paz y justicia liberadora con los pobres y que se va realizando ya en la realidad histórica; culminando en el futuro, en la vida plena, eterna. El Dios en Jesús es el Dios de la vida, de la fecundidad de la vida fraterna, solidaria y justa con los pobres y víctimas de la historia, a los que se les mata, a los que le son arrebatadas estas vidas dignas, plenas y de amor que nos trae ya el Reino. El Reino y su justicia liberadora con los pobres se anticipa ya en la historia, mediante la Pascua liberadora de Jesús Crucificado-Resucitado por el Reino. Lo cual se consumará en la vida eterna, en la plenitud del tiempo histórico y de la creación.
Como se puede observar, toda esta antropología y espiritualidad implica todo un quehacer teologal, una renovada metodología  e inteligencia teológica que se realiza en diversos momentos inter-relacionados:
              
Ignacio Ellacuría
- En el ver, hacerse cargo de (analizar) la realidad con las mediaciones de las ciencias sociales y sus teorías sociales-filosóficas. Es una mirada crítica, social y ética que aprovecha lo más valioso de autores o perspectivas de estas ciencias sociales, como Marx o la teoría de la dependencia, que den cuenta de las relaciones y estructuras de dominación, injusticia y de la opresión del subdesarrollo; sin que se tenga, por ello, que asumir en su totalidad la filosofía, la antropología o límites y posibles carencias de dichos autores o teorías, que no se confunden ni se identifican tampoco con la misma fe.
               - En el juzgar o valorar (cargar con) la realidad. Con una lectura creyente y teológica de la realidad histórica, de los signos de los tiempos, desde el Evangelio del Reino en su justicia con los pobres y con ese tesoro que es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El mal, la opresión e injusticia que sufren los pobres, a la luz del Evangelio y de la DSI, es el pecado del (que daña) al mundo, el pecado social y estructural. Es decir, el pecado personal del egoísmo, con sus ídolos del poder y de la riqueza, cristalizan en estas relaciones y estructuras sociales de pecado que llevan a su vez a más injusticia y mal, a más pecado. Con una inter-relación inseparable entre el pecado personal y el histórico-estructural, con las estructuras de pecado. Son esas relaciones sociales inicuas, esos sistemas y estructuras políticas, económicas, comerciales o financieras perversas que causan la desigualdad e injusticia de la pobreza, Las estructuras de pecado que generan la opresión, desigualdad y marginación que sufren los pobres, los excluidos y víctimas de la historia. Frente a las teorías del desarrollismo economicistas, en el mundo existe una lucha entre  la gracia y el pecado, un conflicto personal, social e histórico entre el bien y el mal, la paz y justicia frente a la opresión, violencia e injusticia. Y hay que asumirlo y luchar por que el amor fraterno, la paz y la justicia liberadora con los pobres vayan venciendo a toda dominación, marginación y odio.
               - En el actuar, en el encargarse de la realidad, en la praxis social, liberadora y transformadora del mundo, de sus relaciones, estructuras y sistemas injustos. Asumiendo por tanto el inherente carácter social de la fe y del amor. Esto es, la caridad política, pública y social que busca el bien común y la justicia con los pobres, ir a las causas de la pobreza, de la injusticia y opresión. Para que se vaya alcanzando así la civilización del amor y del trabajo, de la dignidad del trabajador, por encima del capital, del beneficio. Con una justa distribución y destino universal de los bienes que, siempre, tiene la prioridad sobre la propiedad o el mercado. Esta acción y compromiso social se hace en comunidades espirituales o eclesiales, sociales y solidarias. Junto a aquellos movimientos sociales o ciudadanos emancipadores, liberadores que luchan por la paz, el desarrollo integral y la justicia universal, global con los pobres de la tierra. Los pobres y pueblos crucificados por la injusticia junto con los que los defienden y promueven su liberación integral, el protagonismo y promoción liberadora e integral de los pobres, son los signos permanentes de la historia. Y desde estos signos de los tiempos en la justicia liberadora y protagonismo de los pobres, hay que discernir, encarnarse y comprometerse por el Reino. Ello requiere, por tanto, el discernimiento de las mediaciones sociopolíticas que se vaya aproximando al Reino, las ideologías o sistemas políticos, tal como puede ser un socialismo democrático. Lo cual significa la justa  y universal distribución o destino de los bienes, los pueblos y los pobres como los sujetos de la historia. Lo que se opone tanto al liberalismo, al capitalismo como al comunismo estatalista o colectivismo. Pero sin la identificación de estas posibles mediaciones o ideologías-sistemas con la fe; lejos de todo confesionalismo e ideologización del cristianismo o cualquier otra religión, que no se confunde nunca con las ideologías o corrientes partidistas.
               Todo este método (camino) teológico, este quehacer teologal y espiritual en la justicia con los pobres, para que sea autentico y creíble, supone luchar pacíficamente contra el sistema e ideología que hoy domina y que causa la pobreza, el hambre y muerte de los pobres. Es decir, el neo-liberarismo (económico), el capitalismo que por esencia es inhumano, injusto e inmoral. Vamos concluyendo y como se ve, el martirio y testimonio de creyentes como Mons. Romero, que encarnó con su vida toda esta espiritualidad y antropología teologal, es un martirio por la fe que, cuando es verdadera, se realiza en el amor, la paz y la justicia liberadora con los pobres.
              
Remarcamos que este testimonio de amor y justicia con los pobres es el primer, principal camino o medio, con credibilidad y coherencia, de la misión evangelizadora de la iglesia. Ya que solo el amor es digno de fe. Por lo dicho, se puede verificar lo valioso, profundo y espiritual-evangélico de toda esta teología, espiritualidad e iglesia latinoamericana de la liberación. Tal como se muestra todo lo expuesto hasta aquí en las obras reseñadas de Müller, que se ha fecundado mutuamente con la teología contemporánea más cualificada, con el magisterio de la iglesia y la DSI. Y como está mostrando y encarnado asimismo, con un vigor impresionante, el Papa Francisco en la actualidad. Por último, como es natural, invitamos vivamente a leer y conocer estas obras de Müller, todo este legado teológico y eclesial, que hemos reseñado en este escrito.



sábado, 21 de febrero de 2015

Frase I: «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

                                           Las palabras de Jesús en la cruz

                                                                  I


                                            «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Existe en los Evangelios un grupo de frases que Jesús pronuncia en la cruz para edificación del pueblo cristiano. Ellas representan la riqueza espiritual que dimana de su sacrificio y que los creyentes recuerdan para situaciones de dolor y sufrimiento, situaciones que viven como personas y como comunidades no admitidas en el mundo religioso judío y pagano. Son siete frases: una en Marcos y Mateo (15,34; 27,45), tres en Lucas (23,34.43.46) y otras tantas en Juan (19,26.28.30). Las frases tienen dos tendencias: las que tratan de evocar la conciencia de Jesús en estos momentos y mostrar su último objetivo y las que dirige a su madre y al discípulo predilecto, al compañero de crucifixión, ya expuesta, y al Padre por los que le han condenado.


«Con él crucificaron a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Mc 15,27par). El dato apunta a que Jesús es crucificado en una condena colectiva. No es solo él al que se ejecuta. La Misná enseña que está prohibido emitir dos condenas de muerte y realizarlas en el mismo día. Pero no es nuestro caso, pues los romanos suelen ejecutar a varias o a muchas personas a la vez. Ningún precepto o costumbre se opone a ello. Se habla de bandidos, de malhechores en correspondencia a la cita de Isaías (53,12) que afirma que el siervo «fue contado entre los pecadores», o como se queja Jesús cuando es apresado en Getsemaní (cf Mc 14,48; Mt 26,55). Los reos crucificados, que alteran el orden público o desobedecen los preceptos divinos, son dos y, contando con Jesús, suman un número emblemático. Para Juan (19,18), Jesús está en el centro, entre los dos; los Sinópticos dicen lo mismo, pero colocados «a su derecha y a su izquierda»; y «lo injuriaban» (Mc 14,32par).
Con este dato, Lucas elabora un párrafo continuando las ofensas de los soldados y los jefes del pueblo. Presenta a los dos bandidos de una manera antitética, como lo ha hecho con Zacarías y María (Lc 1,5-38), Jesús y Juan (7,33-34), Marta y María (10,38-42), el rico y el pobre (16,19-31), el fariseo y el publicano (18,9-14). Así uno le injuria, el otro no: «Uno de los malhechores colgados lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. El otro le reprendía: Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen» (Lc 23,39-41). El malhechor apela al poder mesiánico para eludir el calvario de la cruz. Éste, en el tiempo de Lucas, es fuente de salvación, y a ella se remite el «mal ladrón». Jesús guarda silencio, como lo ha hecho con las injurias anteriores. La respuesta la recibe de su compañero, que le llama la atención sobre el temor al juicio divino al que se va a someter muy pronto. Este juicio también sobrevuela su conciencia y, comparándose con la inocencia de Jesús, la abre a la responsabilidad de su propio pecado. Reconocerse pecador es el primer paso de la conversión, que se afianza con una llamada a la misericordia de Jesús, tan típica en la teología de Lucas (10,25-37), porque «no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan» (Lc 5,32). La declaración de la inocencia de Jesús que viene de uno de los malhechores contrasta con la solicitud de muerte para Jesús por parte de los garantes de la religiosidad judía (Lc 23,18.20.23).
«Jesús le respondió: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 2343). Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.


                                                           Reflexión


La Resurrección de los muertos entraña una nueva creación, que ya San Pablo la describe en su tiempo (cf. 1Cor 15,35-53). Es la respuesta lógica a cómo será la vida futura que nace de la resurrección de Cristo y en esperanza para los cristianos (cf. Rom 8,20; Tit 3,7) y que el Apóstol de los gentiles escribe citando a Isaías: «... lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó; lo que Dios preparó para los que lo aman» (1Cor 2,9; cf. Is 64,3).
Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.
Esta convivencia con Cristo comulgando con Dios entraña una vida sin fin; una vida en la que la plenitud está constantemente plenificándose de manera distinta a como en la historia progresamos en las virtudes, en los valores, en el conocimiento, etc. Se da, pues, en la eternidad el movimiento que lleva consigo la vida, que no el éxtasis y la fijación del objeto como dominio de él, en este caso, de Dios mismo. Él es una fuente inagotable de amor, que hace del bienaventurado un transitar en la felicidad continuamente. Junto a ello, no se debe olvidar, que la vida eterna comienza en la historia. El más allá no es totalmente novedad en la experiencia de la felicidad, ni la felicidad y salvación que vivimos en la historia no es el término conclusivo de nuestra existencia personal y colectiva.