lunes, 1 de septiembre de 2014

Santos y Beatos: 1-7 setiembre

SETIEMBRE

1 de setiembre

Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato (†1228)

El beato Juan nace en Perusa (Umbría. Italia); es sacerdote. El beato Pedro nace en Saxoferrato (Las Marcas. Italia); es hermano laico. Ingresan en la Orden entre los años 1209 y 1220, fecha en la que están en la ciudad de Teruel (España). Son enviados por San Francisco al Reino de Aragón a predicar la fe católica a los musulmanes que ocupan gran parte de España. En Teruel sirven en un hospital de leprosos y construyen dos celdas junto a la ermita del apóstol San Bartolomé, situada a la orilla del río Turia. Aquí residen unos ocho años. El deseo de convertir a los infieles y sufrir el martirio les conduce a Valencia, donde reina Zeit Abuzeit. Predican contra Mahoma y el contenido de la fe islámica. Son encarcelados de inmediato y decapitados en 1228. El papa Clemente XI aprueba su culto el día 31 de enero de 1705 y Benedicto XIII concede el Oficio divino y Misa.

Común de Mártires

Oración. Dios eterno que otorgaste a los beatos Juan y Pedro la gracia de dar la vida por amor a Cristo; ven en ayuda de nuestra debilidad con tu poder divino para que, así como ellos no vacilaron en morir por ti, nosotros podamos confesarte valientemente con el testimonio de nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo.


2 de setiembre



Apolinar Morel de Posat, Juan Francisco Burté, Severino Girault
Mártires de la Revolución Francesa

APOLINAR MOREL DE POSAT, OFMCAP (1739-1792), nace cerca de Friburgo (Suiza). Ordenado sacerdote en 1764, se dedica a las misiones populares; es nombrado maestro y profesor de los estudiantes de teología. JUAN FRANCISCO BURTÉ, OFMCONV (1740-1792), nace en Rambervillers (Lo-rena. Francia). Profesor de Teología, predicador real, Guardián del convento de París. SEVERINO GIRAULT, TOR (17281792), nace en Ruán (Alta Normadía. Francia) el 14 de enero de 1728. Es ordenado sacerdote en 1754. En 1773 se traslada a París para ejercer el oficio de secretario general. Asiste a las Hermanas Franciscanas de Santa Isabel. Son asesinados salvajemente el 2 de setiembre de 1792 en el convento de los Carmelitas de París por rechazar el juramento contra la Iglesia y profesar su adhesión a la fe católica. El papa Pío XI los beatifica el 27 de octubre de 1926.

Común de Mártires

Oración. Padre nuestro, que concediste a los mártires Apolinar, Juan Francisco y Severino pelear el combate de la fe hasta derramar su sangre, te rogamos que su intercesión nos ayude a soportar por tu amor las adversidades y a caminar con valentía hacia ti, fuente de toda vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

2.1 de setiembre

Claudio Granzotto (1900-1947)

El beato Claudio nace el 23 de agosto de 1900 en Santa Lucía di Piave (Treviso. Italia), en el seno de una familia dedicada a la agricultura y con hondas raíces cristianas. Trabaja en el campo, en la carpintería y albañilería. Estudia en la Academia de Bellas Artes de Venecia, en la que se diploma en escultura. Ingresa en la Orden el 7 de diciembre de 1933, en San Francisco del Desierto. Lleva una vida de oración, penitencia y de entrega a los pobres y desheredados. Siente especial devoción por la Eucaristía y por María Inmaculada. Construye cuatro Grutas de Lourdes. Muere el 15 de agosto de 1947 de un tumor cerebral. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 6 de julio de 1993.
Común de Santos Varones

Oración. Dios nuestro, que otorgaste al beato Claudio la gracia de imitar a Cristo pobre y humilde, concédenos por sus ruegos que viviendo con fidelidad nuestra vocación, podamos alcanzar aquella perfección que tu Hijo nos propuso con su ejemplo. Que vive y reina contigo.

3 de setiembre


Gregorio Magno (540-604)

San Gregorio nace en Roma en el año 540. Prefecto de la Ciudad eterna. Convertido, ingresa en la vida monástica. Obispo de Roma, gobierna su grey como un verdadero pastor. Escribe sobre teología moral. Muere el 12 de marzo del año 604.

Común de Doctores de la Iglesia

Oración. Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo gobiernas con amor, concede el don de la sabiduría, por intercesión del papa San Gregorio Magno, a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles sea el gozo eterno de sus pastores. Por nuestro Señor Jesucristo.


4 de setiembre


Rosa de Viterbo (1235-1252)

Santa Rosa nace en Viterbo (Lacio. Italia) en 1234, hija de Juan y Catalina, familia dedicada a la agricultura. Ingresa en la Orden Franciscana Seglar a los 10 años. De una inteligencia natural extraordinaria, asimila la Escritura y la sirve al pueblo en instrucciones sencillas, con consejos para seguir a Cristo pobre y aprender a llevar una vida de oración. Reprende a Federico II en Viterbo por apropiarse de las tierras de la Iglesia. Expulsada de la ciudad sigue atacando al Emperador en Soriano nel Cimino (Viterbo). Se entrega a la asistencia a los enfermos y a los pobres hasta el día de su muerte, acaecida en 1252 a los 18 años de edad. Enterrada en Santa María del Poggio, más tarde trasladan su cuerpo a Santa María de las Rosas, en una ceremonia presidida por el papa Alejandro IV el 4 de setiembre de 1258. El papa Calixto III la canoniza en 1457.
Común de Vírgenes

Oración. Padre de bondad, que has unido en la joven Santa Rosa de Viterbo la firmeza de ánimo y el encanto de la bondad; al celebrar hoy su fiesta, concédenos imitar también sus virtudes. Por nuestro Señor Jesucristo.

5 de setiembre

Peregrino de Falerone (†1233)

El beato Peregrino nace en Falerone (Áscoli Piceno. Italia) hacia el año 1200. Estudia Derecho en Bolonia con Ricerio de Muccia. Los dos escuchan a San Francisco cuando visita Bolonia en 1222 e ingresan en la Orden (Florecillas 27). El beato Peregrino viaja a Tierra Santa, donde es un ejemplo para los cristianos y los musulmanes, que lo admiran con verdadera devoción. Vuelto a Italia se dedica a los trabajos más humildes de la fraternidad de San Severino Marche (Macerata. Italia). Dedica mucho tiempo a la oración y al recogimiento interior y exterior, siendo el silencio una constante de su vida franciscana. Muere en Macerata en 1233. El papa Pío VII aprueba su culto el 31 de julio de 1821.

Común de Santos Varones

Oración. Dios nuestro, que otorgaste al beato Peregrino la gracia de imitar a Cristo pobre y crucificado, concédenos por sus ruegos que, viviendo con fidelidad nuestra vocación, podamos alcanzar aquella perfección que tu Hijo nos propuso con su ejemplo. Que vive y reina contigo.

5.1 de setiembre

Gentil de Matélica (1290ca.-1340)

El beato Gentil nace en Matélica (Marcas. Italia) hacia 1290. Muy joven ingresa en la Orden. Después de cursar los estudios preceptivos, se ordena sacerdote. Se entrega por completo a la predicación en los pueblecitos de las Marcas y en otras regiones de Italia. Se retira al monte Alverna, donde convive con el beato Juan de Fermo o del Alverna. Después de un tiempo dedicado a la oración, viaja a Egipto, península del Sinaí, Santos Lugares, Turquía y Persia, donde predica la fe católica a los musulmanes; convierte a muchos seguidores de Mahoma al cristianismo. Es decapitado el 5 de septiembre de 1340, en Tabriz (Persia). Nicolás Quirini traslada sus restos a Venecia. El papa Pío VI aprueba su culto en 1792.
Común de un Mártir

Oración. Dios misericordioso, te pedimos que aprendamos a imitar, con entrega sincera, la fe que animó al beato Gentil, quien por su generosidad mereció alcanzar la corona del martirio. Por nuestro Señor Jesucristo.


6 de setiembre

Liberato de Loro Piceno (1214-1258)

El beato Liberato nace en Loro Piceno (Macerata. Italia). En 1234 renuncia al condado que le da su tío Fidesmido a favor de su hermano Gualterio, e ingresa en la fraternidad de Roccabruna (Cuneo. Italia). Después de recibir la instrucción necesaria, es ordenado sacerdote y se retira al eremitorio de Soffiano, junto al castillo de Brunforte (Loro Piceno), en el que lleva una vida de oración y penitencia. Las Florecillas (47.1) cuentan que tiene éxtasis y arrobamientos divinos; los pájaros se posan en sus hombros, cabeza, brazos y manos, donde cantan. Muere el 6 de septiembre de 1258. El papa Pío IX concede el 26 de septiembre de 1868 oficio y misa en su honor.

Común de Santos Varones

Oración. Dios nuestro, que llamaste al beato Liberato para que buscara tu Reino en este mundo por la práctica de la caridad y oración perfecta, concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos por el camino del amor con espíritu gozoso. Por nuestro Señor Jesu-cristo.


7 de Septiembre

                                Juan Bautista Righi de Fabriano (1469-1539)

El beato Juan Bautista nace en Fabriano (Marchas. Italia) hacia 1469; hijo de Nicolás y Catalina Righi, oriundos de Alemania. Después de leer la vida de San Francisco, decide seguirle e ingresa en el convento de Forano, cerca de Appignano, donde vivieron los beato s Pedro de Treya (1304) y Conrado de Offida (1306). Practica una devoción intensa a María, orando en el lugar dedicado a la Virgen de los Ángeles, donde se le apareció al beato Conrado. Después de completar los estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote y destinado a la fraternidad de Romita, cerca de Cupramontana en la provincia de Ancona (Las Marcas). El convento es un antiguo monasterio camaldulense, reformado por San Jaime de la Marca. Juan Bautista vive aquí toda la vida, unos cincuenta años, leyendo a los Padres de la Iglesia, orando y predicando en misiones populares para mantener la fe del pueblo de las Marcas. En el convento se encuentra una imagen de la Virgen flanqueada por Santiago el Mayor y San Francisco de Asís. Profundiza y ahonda su devoción a María, que le conduce, como a San Francisco, a seguir de cerca a Jesús pobre y crucificado. Muere el 11 de marzo de 1539. El papa San Pío X lo beatifica el 7 de septiembre de 1903.

Común de Santos Varones


Oración. Señor, Dios nuestro, fuente de todo bien, que anunciaste el Evangelio a tu pueblo por medio del beato Juan Bautista de Fabriano, haz que, por su intercesión, se difunda en tu Iglesia el amor a tu Hijo y a su Madre María. Por nuestro Señor Jesucristo.

Jesús y el Logos. I.

JESÚS Y EL LOGOS. UNA CRISTOLOGÍA EXISTENCIAL
UNA TEOLOGÍA DE LA FORMA-FIGURA


                                                             
                                Jacinto Choza
           Facultad de Filosofía
           Universidad de Sevilla


“Crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

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La forma-figura de lo natural profano y la gracia “natural”.

Lucas comenta, tras referir el episodio de Jesús niño en el templo de Jerusalén, comentando las Escrituras, que  en su vida familiar junto a sus padres, “crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52). Jesús, María y José tenían una vida y un aspecto que no llamaba la atención en nada y por nada, como se expone en las cristologías más recientes[1]. La de Jesús empezó a llamarla a partir de un determinado momento, y antes, quizá sólo en ocasiones señaladas, como le ocurre a las personas normales.
María era una muchacha normal que no llamaba la atención en nada. Pero de vez en cuando, de improviso, se le desbordaba y se le rebosaba una gracia  de la que estaba llena, inundada, y entonces aparecía radiante. Radiante en su inocencia, en su temor, en su preocupación, en su alegría. En muchas actitudes y sentimientos humanos que nunca han dejado de manifestarse en su plenitud y gracia en numerosas personas singulares a lo largo de la historia de la humanidad. Esa gracia (“Charis”) que Homero cuenta que Palas Atenea infundía en Ulises y lo hacía deslumbrante de hermosura, como si tuviera luz propia. Esa gracia que tenía Shamkat, la Naditu del poema de Gilgamesh que enamoró y civilizó a Enkidu con su belleza.
Los seres humanos crecen en edad, tamaño, fuerza, saber, y también en poder, magnanimidad, belleza, y otras cualidades de esas que pueden aumentar con el tiempo. Seguramente  la gracia de los diferentes momentos es proporcional al grado de intensidad y madurez que tienen esas cualidades en los diversos momentos, y seguramente esa gracia tiene su historia en las culturas del hombre.
Cuando María huye a Egipto, en algunos momentos de los que estaba allí, y cuando volvió a su tierra, tenía un aspecto normal, como el de cualquier otra mujer extranjera en territorio egipcio. Dentro de esa normalidad que en nada llamaba la atención, podía a veces irradiar gracia, gracia natural, y tener un aspecto como el de Sharbat Gula, la muchacha afgana del campo de refugiados en Nszir Baqh, cerca de Pashawar, en Pakistán, que Steve McCurry fotografió en 1984 y que se difundió en la portada de la revista National Geographic en junio de 1985.  En Egipto y a la vuelta, María podía tener ese aspecto normal, y esa gracia natural que dejaba entrever esa esa profundidad de alma y de ser que se percibe en la  mirada de Sharbat.
A veces, cuando se quedaba pensativa y dejaba su imaginación irse hacia el infinito, podía tener esa belleza, ese misterio, ese temor, esa esperanza que se advierte en Sharbat o en Juliette Binoche, o en tantas otras mujeres normales.
En español existe la expresión “tener el guapo subido” para designar cuándo la gracia irradia bajo la modalidad de belleza. Pero también se utiliza la expresión “estar en estado de gracia”, tomada de la teología cristiana, del catecismo cristiano, para indicar el encanto o la perfección que irradia en una actuación artística, taurina o deportiva.
            Durante su vida diaria, en Nazareth, seguía siendo una muchacha normal, una madre normal y una esposa normal, que no llamaba en nada la atención. A veces llamaba la atención porque irradiaba gracia “natural”. A veces en su amor y en su dolor, irradiaba esa gracia natural que tiene María Dolores Pradera en la interpretación de sus canciones, a veces en su jovialidad irradiaba esa gracia natural que tiene Winona Ryder, a vece en sus enfados irradiaba ese encanto que tiene en los suyos de Meg Ryan. Destellos de gracia de esa clase siguen apareciendo en muchas personas, y cuando aparecen en actrices, cantantes  o profesionales de cualquier tipo, nos encantan a todos. Como si María volviese a asomarse hacia los hombres en todos esos destellos de gracia que advierten, iluminan y orientan naturalmente a los seres humanos.
           
Lo mismo ocurre con Jesús. Jesús de niño era un chaval normal, y luego en su vida adulta también, o sea, siempre fue un ser profano. Pero con frecuencia irradiaba destellos de gracia natural que fascinaban. Destellos en los que se mostraba jovial y sereno, amable y simpático. En su actividad de enseñanza y predicación, que inicialmente desarrolló como una persona normal, profana, no consagrada, eran efectivamente destellos de hombre jovial y sereno, más aún, divertido, juguetón, y a la vez sabio y responsable, como los que se perciben en algunas de las actuaciones de Sidney Poitiers.
            Al parecer, era muy emotivo, y al emocionarse aparecían en su cara destellos de gracia natural, en su risa y en su llanto, en su cólera y en su ternura, como aparecen también en algunas de las actuaciones de Omar Sharif.
            En algunas de sus actuaciones era tenaz y constante como Rafa Nadal, otras veces tenía la genialidad que derrochaba el Guti con el Real Madrid, o Curro Romero en las plazas de toro de España. A veces lo que decía movía como todavía mueven las canciones de los Beatles. La mayor parte del tiempo era normal y “profano” en sus actuaciones, pero con mucha frecuencia tenía esos destellos de gracia natural que no han dejado de advertir, orientar e iluminar a los hombres.
Por eso los hombres acuden a esas figuras, las veneran, las quieren imitar, las adoran. Juliette Binoche, Meg Ryan, Sidney Poitiers, Omar Sharif, Rafa Nadal, Curro Romero, los Beatles. Son formas-figuras de la excelencia humana donde los destellos de gracia natural se han producido con particular intensidad y visibilidad. Desde que se inventaron las ciudades, a finales del neolítico, los hombres, y de modo particularmente ingenioso los romanos, llenaron las plazas, las calles, los puertos y los escenarios públicos con imágenes de personas así, y les fueron dedicando los días del año. Así cada tiempo y cada lugar recogían, representaban y presentaban de nuevo, para tenerlos a la vista y al oído, los mejores destellos de la gracia natural, de la excelencia humana. Eran como faros que advierten e iluminan.
           
En esas formas-figuras se transparentaban, en tiempos lejanos y en tiempos actuales, dimensiones y momentos de la plenitud humana, es decir, dimensiones y momentos de Jesús, que es precisamente la plenitud humana. Por eso esas formas-figuras siempre han sido y siguen siendo imágenes de Jesús. Hay amigos de Jesús que lo reconocen en esos destellos, en esas imágenes, y lo saludan en ellas muchas veces a la semana o al día. Por supuesto, hay otros muchos amigos de Jesús que no lo reconocen ahí, sino solamente en las imágenes en que se transparenta la gracia sobrenatural. 




[1] Martinez Fresneda, Francisco, Jesús de Nazaret, Murcia: Editorial Espigas, 2007. 

Historia de la Iglesia.

          Historia de la Iglesia.
           Desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días


                                                     Juan María Laboa (Ed.)
                            Facultad de Teología
              Universidad Pontificia Comillas-Madrid

                                                          
                                                                                   Por Pedro Riquelme Oliva
                                                                                                                       Instituto Teológico OFM
                                                                                                              Universidad Pontificia Antonianum

Presentamos la edición española de la historia de la Iglesia (desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días) realizada por Juan María Laboa, y traducida del italiano al español por J. Padilla Moreno. La estructura de la obra está dividida en seis partes: las dos primeras, Edad Antigua (siglos I-V) y Edad Media (V-XV), escritas por el prof. Pierini (pp. 22-426); la tercera y cuarta, Edad Moderna (XVI-XVIII) y Contemporánea (XIX-XX), por el prof. Guido Zagheni (pp. 432-1187), y las dos últimas partes son del prof. Juan María Laboa: en la quinta presenta una aproximación a la Iglesia en España en sus veinte siglos de historia (pp. 1191-1409); y en la sexta se centra en la labor social de la Iglesia como la “savia vital que recorre y alimenta la existencia de los cristianos y del cristianismo” (pp. 1413-1455). En la presentación de esta obra, el prof. Laboa nos indica con acierto el qué y  para qué de esta monumental historia de la Iglesia: “recomponer la memoria histórica, los mirabilia Dei presentes en la vida de los fieles cristianos, en el devenir de sus instituciones y en la pretensión constante de transmitir con fidelidad, a través de los siglos, las palabras, los gestos, la doctrina y los sacramentos de Cristo”. Esta mirada hacia el pasado ilumina el presente y se proyecta y garantiza el futuro. En este sentido, la historia de la Iglesia constituye, también, el marco ambiental obligado de la teología, de la pastoral y de la espiritualidad” (p.7). Y en cuanto al modo de construir la historia, el oficio del historiador de la Iglesia es conocer y utilizar la historia de la Iglesia como si se tratara de conocer la historia de cualquier sociedad”. Esto, no obstante, “resulta necesario contar con una óptica, que, sin deformar los aspectos objetivos históricos, los encuadre en una realidad mucho más compleja, la de la comunidad de los creyentes que, con sus pecados y con su fe, viven con esperanza la buena nueva de Cristo” (pág. 9). Por eso no se puede comprender la naturaleza de la “institución eclesial” si no se comparte la fe de la Igelsia, es decir si no se es creyente. Uno que no sea creyente puede llegar a ser un gran erudito e historia de la Iglesia, pero nunca un verdadero historiador de la Iglesia, porque se le escapa el “misterio de la Iglesia” (p.775).
Estructura y contenidos: primera parte: Edad Antigua (prof. F. Pierini) dividida en 10 caps. Camina entre el siglo I (primeros tiempos de la Iglesia apostólica y durante el Imperio romano (apogeo, antigüedad tardía), derrumbe del mundo mediterráneo, los padres de la Iglesia entre “era de los mártires” y la “era constantiniana”, el cristianismo imperial y los cristianismos nacionales hasta el concilio de Calcedonia (451) y la caída del Imperio romano de Occidente (476). Fechas de crisis y transición en que coincide el final de la historia antigua en general, y de la historia de la Iglesia en particular. La Iglesia de Oriente y Occidente proclama los últimos dogmas cristológicos fundamentales y concluye la época más creativa de la patrología, en la que alcanza su madurez las liturgias que se habían ido formando en las distintas Iglesias, dentro y fuera del Imperio romano. A este cuerpo central le preceden tres capítulos introductorios sobre la historia e historiografía en su doble vertiente eclesiástica y secular, y lo que conocemos como prehistoria. La metodología que se adopta centra su objetivo, en primer lugar, en la descripción de la historia política y cultural de la sociedad en su conjunto (fondo de la historia de la Iglesia), y en un segundo momento se presenta la historia de la Iglesia propiamente dicha en sus acontecimientos más importantes, teniendo en cuenta los fenómenos culturales, literarios o monumentales, en los que se expresan las distintas formas de “autoconciencia eclesial” que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo. Es una época principalmente patrística y arqueológica y la transición al nuevo Imperio “romano-cristiano”. (pp. 29-235).
La segunda parte: Historia Media (pp. 242-426), 13 caps. . Si en la primera parte se ponen de manifiesto las múltiples relaciones entre los mundos cristiano, pagano y judío, respecto a acontecimientos políticos-religiosos, literarios y artísticos, en esta segunda parte se centra en la Edad Media (entre 450 y el 1500 d.C. aproximadamente). Desde el punto de vista diacrónico se distinguen tres períodos, distintos entre sí en muchos sentidos. La “Primera Edad media”, discurre entre el 450 al 950 aproximadamente; la “Alta Edad media”, entre el 950 al 1250, y la “Baja Edad Media” va del 1250 al 1500. Por su parte desde el punto de vista sincrónico, es imprescindible poner mayor atención a las relaciones que se establecen con culturas y religiones no cristianas. En la primera época, mientras que el cristianismo se encontraba dentro del Imperio romano, el mundo parecía coincidir con Roma. A partir del siglo V, el oriente y occidente cristianos empezaron a dividirse (con razón o sin ella) y a  aislarse, y las invasiones bárbaras y, sobre todo, la musulmana pusieron todo en cuestión. En definitiva, si en la primera mitad del primer milenio se inicia una experiencia muy distinta, de tipo “centrípeto”, a partir de la segunda mitad se inicia una experiencia de tipo “centrífugo”. Por ejemplo, las comunidades nestorianas se sitúan más cerca del mundo chino que de la “Roma antigua”, las comunidades malabares se insertan en el mundo indio, la comunidad etíope se ve envuelta en el mundo musulmán, etc. El primer capítulo se centra en el concepto de “Edad media” y su división en periodos; el segundo el mundo de la Primera Edad media (450-950 ca.), y el tercero se inicia con la Iglesia en medio de las invasiones. Se centra en la nueva alfabetización religiosa, el arte entre antiguos y nuevos simbolismos; el mundo de la Alta Edad Media (950-1250 ca.): los tres imperialismos: Roma, Bizancio y el Islam. Y el mundo de la Baja Edad media (1250-1500 ca.): la Iglesia y los nacionalismos; los papas entre el curialismo y el conciliarismo, entre el clericalismo y el laicismo, la respuesta de la Iglesia en medio de las nuevas corrientes culturales, las herejías y las reformas frustradas. Será el cristianismo, al contrario del Islam y el Judaísmo, el que oriente la nueva época histórica del humanismo; el arte cristiano. De la Edad media a la Modernidad.
III Parte: Edad Moderna (prof. Guido Zagheni), dividida en 10 caps.. La etapa de la vida de la Iglesia que va del siglo XVI al siglo XVIII puede leerse e interpretarse desde distintas perspectivas. De un lado por los acontecimientos que la caracterizan (Renacimiento, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la formación de los Estados nacionales, la ruptura de la unidad del mundo occidental con el protestantismo, la reforma de la Iglesia, la evolución de la ciencia, la Ilustración, las reformas de los soberanos ilustrados, la Revolución francesa), y de otro porque de la interacción de todos estos hechos ha brotado y se ha desarrollado el mundo contemporáneo. El interés del prof. Zagheni es poner de manifiesto la aportación de la Iglesia a la formación de la civilización moderna. Se estudia la geografía política de Europa en el siglo XVI y su situación eclesial y religiosa; las exigencias de la reforma como signo anunciador de reforma en el campo católico; reforma y renovación de la vida religiosa; humanismo y reforma; Martín Lutero, Juan Calvino, la reforma anglicana y la reforma católica. De otro lado estudia el tránsito de las universidades a las academias; la vida interna de la Iglesia entre los siglos XVI-XVIII; el jansenismo y la revolución francesa y la Iglesia (pp. 432-772).
IV Parte: Edad Contemporánea (prof. Guido Zagheni). En los últimos dos siglos XIX-XX, la vida de la Iglesia en la Edad contemporánea ha estado dominada por el problema de relación con el mundo. Superado el ancien régime y el periodo de simbiosis con el poder político, la Iglesia se ha visto en la necesidad de afrontar el problema de su presencia en el mundo. No se ha tratado de una cuestión “política”, de la pretensión de que se reconociera el derecho de la Iglesia a existir como “sociedad perfecta”, antes al contrario, la confrontación se ha producido en el terreno de los valores de que es portador el cristianismo. Entre los temas están: proyecto de cristiandad: modelo de relación entre la iglesia y el mundo; la restauración y la ideología de cristiandad en el Vaticano I (papas desde León XIII a Pío XII); Iglesia y Estado en el siglo XIX; Vaticano I; Iglesia y sociedad en el magisterio de León XIII; el siglo XX como guerra civil; la época de Pío X, Pío XI y Pío XII: guerra, totalitarismos y “proyecto de civilización cristiana”; Vaticano II y la Iglesia hacia el tercer milenio (pp. 775-1187).
V Parte: La Iglesia en España (prof. Laboa). Se estructura en dos partes: Breve reseña de los siglos I-XX: desde los orígenes de la Iglesia hasta la Iglesia y democracia (pp. 1195-1409) y La labor social de la Iglesia en su historia (pp. 1413-1449). Esta última parte desarrollada en su otro libro Por sus frutos los conoceréis publicado en 1212 por la Edt. San Pablo. Esta aproximación a la historia de la Iglesia española como de su servicio a la caridad son un acierto metodológico del prof. Laboa al insertar el ser y el actuar de la Iglesia española en la en la historia universal de la Iglesia. (pp. 1189-1455). Entre los méritos añadidos destacamos las notas temáticas y bibliográficas al final de cada capítulo después de cada parte. Notas que explican o nos remiten a aquella bibliografía en la que podemos ampliar más información o cotejar sus afirmaciones con la de otros historiadores. Se concluye la obra con seis apéndices: Corrientes heréticas, Concilios ecuménicos, Tabla cronológica, Mapas, Bibliografía general y bibliografía específica. De ellos, destacamos los comentarios sobre los compendios de historia de la Iglesia que circulan por España, ordenados alfabéticamente; y la bibliografía específica de cada edad y de cada uno de los capítulos de las respectivas etapas históricas. (pp. 1460-1570).  Se cierra la obra con un índice de nombres, siempre de agradecer (pp. 1571-1607).


Ed. San Pablo, Madrid 2012, pp. 1631.



«Porque donde dos o tres que estén reunidos en mi nombre……..»

           DOMINGO XXIII (A)


                                                    
                         «Porque donde dos o tres que estén reunidos en mi nombre……..»
                                                                         
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 18,15-20

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

1.- El Señor. Dios ha enviado al mundo a su Hijo para reconciliarnos con Él y hacer posible que nos reconciliemos entre nosotros. La predicación del Reino de Jesús va en este sentido. Por ejemplo, las tres parábolas del capítulo 15 de San Lucas es todo un símbolo de la actitud del Señor para con todos: sale en busca nuestra, se alegra cuando nos encuentra, y nos recibe con las manos abiertas cuando volvemos a casa. Y Jesús no sólo anuncia el año de gracia para con los pobres y pecadores, sino que sus palabras y hechos denuncian a los que condenan y acogen a los que andan perdidos en la vida, como el publicano cuando reza en el templo o cuando come con Zaqueo (Lc 18,9-14; 19,1-10). Y termina, incluso, perdonando a sus verdugos (Lc 23,34). Los cristianos debemos hacer nuestras estas actitudes del Señor y de Jesús para con nuestros hermanos. No les podemos fallar, y nunca condenar, aunque no cuenten con nosotros y se vayan de la comunidad.


2.- La Iglesia. Quien no ama y no sirve, ya está fuera de la comunidad, lo diga  o no lo diga la comunidad, porque ésta sólo existe cuando se relaciona desde el servicio, es decir, cuando su vida es imagen y semejanza del Señor que la ha creado y la ha puesto en la historia por su Hijo y por el Espíritu. Porque la Trinidad es una triple relación de amor. La Iglesia no tiene capacidad para sostenerse por sí misma, y menos buscar la vida de fe desde el Derecho, aunque lo necesite para organizarse en las culturas donde se incardina. La Iglesia está enraizada en el Señor, comulga con Él, por eso cuando se reúne por cualquier motivo, siempre está presente, para que veamos que no estamos solos, para que sintamos que la Iglesia no es exclusivamente una institución humana, y para que seamos conscientes de que todos nuestros escándalos no pueden hundirla, aunque sea objeto de la mayor condena cuando se escandaliza a los niños y a los débiles (cf. Mt 18,6-9). La Iglesia existe cuando cobija y favorece la triple relación de amor que es nuestro Señor: crea por amor, hace a los hombres hermanos por amor, construye la vida por amor.


3.- El creyente.- Nosotros debemos sentir al Señor, como creyentes, cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, cuando nos reunimos para escuchar la Palabra, para festejar un cumpleaños o un nacimiento, cuando la familia o la comunidad cristiana se reúne porque sí, porque somos una gran familia representada en las unidades familiares y comunitarias a las que pertenecemos. Y es en la familia y en la comunidad creyente donde aprendemos a relacionarnos con el Señor, a vislumbrar cuando se hace presente en nuestra vida a través de la conciencia, cuando lo experimentamos como una Persona viva que nos acompaña y está presente en todos los acontecimientos más importantes que nos suceden y, sobre todo, en la monotonía de nuestras responsabilidades y quehaceres diarios.

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre......»



                                                                   DOMINGO XXIII (A)

                                                          
              
                                             «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre......»

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 18,15-20

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

             
1.- Texto.  El Evangelio trata, primero, la corrección fraterna que se da en las comunidades cristianas, con un proceso que va de una amonestación privada a otra pública, como se ha mantenido a lo largo de la historia de Israel y de la Iglesia (cf. Lev 19,17; Dt 19,15). A continuación afirma que la expulsión definitiva corresponde a la comunidad; así lo hace en nombre de ella la autoridad de Pedro y demás discípulos. Es el Colegio Apostólico ―Papa y Obispos―,  el que indica los cauces de amor en los que se visibiliza la fe cristiana al mundo. Tercero: Jesús asegura su presencia en medio de la comunidad cuando reza y pide ayuda en común al Padre del cielo. Jesús traslada a sus discípulos su experiencia de Dios como hijo de Israel, donde se hace presente como preámbulo a la Eucaristía y en todas las situaciones en los que nos reunimos para relacionarnos con el Señor. Orar como, con y desde Jesús siempre acertaremos a relacionarnos con el verdadero Señor, sin proyecciones interesadas, personales o comunitarias.

2.- Mensaje. La comunidad cristiana funciona cuando el amor, y el amor entendido como servicio, es la actitud básica: «No he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida en rescate por muchos» (Mc 10,45); «Jesús […], se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. […] Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13,3-12). Cuando el amor no funciona, el mismo cristiano renuncia a pertenecer a la comunidad, no obstante la oferta de perdón para permanecer o integrarse de nuevo debe ofrecerla siempre la comunidad, como dice Jesús poco más adelante a Pedro: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22) . También Jesús inserta el perdón en la oración que nos enseñó a rezar en común, con lo que nos asegura que estará siempre ahí: «… perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

3.- Acción. Los cristianos sufrimos mucho ante los escándalos de nuestros hermanos. Primero andamos divididos en mil fracciones; después,  los descreídos al uso nos dicen y los mismos cristianos somos conscientes de que debemos demostrar con palabras y hechos de servicio nuestras relaciones, que tantas veces expresan desprecio y exclusión mutua. Esto no es tan fácil, porque parece que algunos tienen bula de hacer lo que quieran y otros tienen que ser coherentes con la fe cristiana. Con todo, hay que corregir e indicar quiénes hacen el bien y respetan el Evangelio y quiénes se aprovechan de él para  cosas que nada tienen que ver con el servicio mutuo. Por eso la advertencia de Jesús, que viene ya de los profetas de Israel  y aconseja el Santiago: «Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida» (Ez 33,9); «Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados» (Sant 5,19-20). En el caso que no haga caso el que peca y escandaliza, no se puede condenar, porque la Iglesia está imposibilitada para hacerlo ―sólo puede certificar la salvación y la santidad de sus hijos―. La Iglesia sólo puede indicar quién no pertenece a la comunidad de fe, y mantener una actitud de ayuda permanente hacia él.