viernes, 31 de octubre de 2014

Amor de atardecer

                                                  Amor de atardecer
                                                                           
                                                                     Elena Conde Guerri
                                                                      Facultad de Letras
                                                                      Universidad de Murcia

           
Este pasado diecinueve de octubre terminó en Roma el Sínodo de los Obispos sobre la familia tras dos intensas semanas de profundas reflexiones a la luz del Evangelio, pero no exentas de controversias. Estoy tranquila porque "el Espíritu sopla donde quiere" y , sin duda, iluminará el año próximo la redacción del documento definitivo. Esa es la fuerza de la Esperanza. También, ha pasado el Evangelio del domingo 26 en que el Señor insistía en la grandeza del mandamiento que sostiene todos los demás: Amarás al Señor tu Dios... Este protagonismo del amor,  me facilita unas reflexiones personales sobre el mismo, enlazando precisamente con unas palabras que el Papa Francisco en persona pronunció en la Plaza de San Pedro, al atardecer, la víspera de la inauguración del citado Sínodo, pensando en las personas que a esa hora no tenían a nadie que les recordara ni esperara.  Las escribo textualmente: "Es la hora más pesada para quien se encuentra cara a cara con la propia soledad, en el crepúsculo amargo de los sueños y  de los proyectos no realizados. Cuántas personas arrastran los días en el callejón sin salida de la resignación, del abandono o, peor, del rencor. En cuántas casas falta el vino de la alegría y, por tanto, el sabor y la sabiduría misma de la vida". 
           
Nunca sabremos si la exquisita sensibilidad que está manifestando el actual Obispo de Roma ante las distintas situaciones de invalidez que atrapan al hombre contemporáneo, ha dictado estas palabras desde su propio corazón o ha aceptado el empujoncito de un asesoramiento previo. Tampoco importa mucho. Su belleza es grande, son como una oración-poema plena de una antropología casi teológica donde la dignidad implícita a toda persona grita un no ante la sequía de los sentimientos, el rechazo laboral y, esencialmente, la ausencia de amor. ¿De qué amor se trata, no obstante? Pues "Dios es amor" y El mismo dijo "no es bueno que el hombre esté solo". Analizando las frases con una cierta perspicacia, me doy cuenta de que el Papa es argentino y, aunque de ascendencia italiana, en tal país creció y desarrolló toda su formación y ministerio.
Buenos Aires, por antonomasia, y toda Argentina son tierra de psicoanálisis, donde prendió con vigor desde Europa, pero no me pregunten el porqué. Quizá por su alto índice de inmigración, por su rica diversidad de un pueblo numerosísimo y complejo o por su enorme extensión geográfica donde los de los Andes se extravían ante los de la inmensa Pampa, surgió también Mafalda, con sus frases increíbles de neuronas insondables, sabias y perplejas en un cuerpo de niña con calcetines que embrollaba a su pandilla sentenciando "lo urgente no deja tiempo para lo importante".

            Sin duda, es urgente distinguir qué amor es importante y permanente y cuál subsidiario y efímero. Los matices de tal sentimiento son múltiples y, en ocasiones, caprichosos y volátiles. Los antiguos clásicos, que lo sabían, lo identificaron con los amorcillos o niñitos alados. Si uno sufre de desesperanza y soledad, un amorcillo puede caldear sus atardeceres sombríos, la hora del crepúsculo en que, dicen, el hombre ansía volver a la madriguera cotidiana para reponerse y estrechar una mano en espera. Conyugal, filial, fraternal, amistosa, comunitaria, vecinal, todas sirven. Aunque otros, está comprobado, sienten la carga de su soledad al amanecer, carentes de todo estímulo y de toda voz amiga.
Todo amor que se dé gratuitamente  a quien quiera recibirlo, en cualquier hora y estación, será hermoso y  curativo, un amor de atardecer, pero no el Amor. El Amor, así con mayúsculas, no lo damos directamente nosotros sino que es Él  quien se da a nosotros, personalizado hacia cada uno con intensidad inefable, para que de él emanen luego todos los otros amores que engendren trascendencia. El aprendizaje no siempre es fácil pero vale la pena intentarlo. En tanto, vayamos tapando recíprocamente los huecos de nuestras propias soledades, ciertas por humanas, y aliviando con afectos fraternales las demandas de los otros, hora tras hora hasta que llegue ese atardecer de nuestra vida en que, en palabras de San Juan de la Cruz, sin duda "seremos examinados en el Amor". 



domingo, 26 de octubre de 2014

« El primero entre vosotros será vuestro servidor»

               Domingo XXXI (A)


                                           « El primero entre vosotros será vuestro servidor»

Lectura del santo evangelio según San Mateo 23,1-12

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

           
1.- Texto. El texto tiene dos partes que separa el verso 8: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestros…». En la primera parte, el Evangelista no se refiere a los fariseos y escribas judíos, que ya ha demonizado por ignorar las Escrituras (cf. Mt 9,13; etc.), por no saber qué es la misericordia (cf. Mt 9,9-13; etc. ). Son esos guías ciegos que llevan el rebaño hacia el precipicio, precipicio que no es otro que oponerse al mensaje sobre el Reino que ha predicado Jesús. Los fariseos y escribas del texto evangélico saben lo que dicen, pero no cumplen sus enseñanzas. Es una comunidad judeocristiana que está sometida a la tensión de la incoherencia y la hipocresía en la experiencia de la fe. Y de esto, avisa el Evangelista, hay que librarse, porque son lobos vestidos de ovejas, falsos apóstoles o falsos profetas (cf. 2Cor 11,13).

              
2.- Mensaje. La comunidad cristiana está fundada sobre la relación fraterna con Jesús, el Hijo que ha hecho posible por su pasión, muerte y resurrección que todos seamos hijos del Padre y hermanos entre sí. Fraternidad que crea la actitud de aproximarnos al otro con amor, con amor misericordioso si hay pecado, con el sentido de compartir la vida en todas sus dimensiones. Para que ello sea posible, hay que excluir el poder, la vanidad y el afán por el dinero. Jesús lo ha avisado con mucha claridad: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,25-28).


           
3.- Acción. Estas situaciones confusas en las comunidades cristianas primitivas, siempre han existido en la Iglesia. Pablo tuvo que lidiar con falsos apóstoles, la comunidad de Pedro con falsos profetas, etc. En aquel tiempo, como en todo tiempo y en la actualidad hay evangelizadores que buscan su propio provecho en vez del de la comunidad; se sirven del pueblo, en vez de servirle. Lo importante de la fe cristiana es que el Señor se revela a la comunidad y, por consiguiente, los cristianos estamos capacitados para descubrirlos, denunciarlos y echarlos del rebaño de Cristo. La Iglesia ha tenido y tienes pastores extraordinarios; basta anotar las beatificaciones y santificaciones de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, como de tantos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que han dado su vida por la comunidad cristiana. Pero junto a ellos, también hay quienes se convierten en funcionarios de la fe, dando la espalda a lo más sagrado que transmite: la salvación del Señor en Cristo Jesús.  

«Y todos vosotros sois hermanos»

                Domingo XXXI (A)

                                               «Y todos vosotros sois hermanos»

Lectura del santo evangelio según San Mateo 23,1-12

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

           
1.- Dios. Sabemos que Jesús sufrió el rechazo de su pueblo. Como nos dice Juan: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Y en nombre de su Dios lo entregaron a Pilato para que lo ajusticiara en la cruz. Pero el amor de Dios, que hizo de Israel su pueblo, se amplía con el Hijo a todos los pueblos, a todos nosotros. Se nos da a conocer un Padre/Madre que da la vida, la cuida y la salva. Pero además, hace que nosotros no nos acerquemos con miedo a los demás; los transforma de lobos en hermanos, fundando la comunidad cristiana. Mientras Jesús sea el centro de nuestra fe y el Padre su origen, podemos andar con paz interior, pues nuestra relación siempre es fraterna, porque el Señor no es un Dios del poder, sino del amor, que crea en cada uno de nosotros la capacidad de hacer, de lobos, hermanos. 

           

2.- La Iglesia. Hay mucha gente en la Iglesia que le gusta aparentar, de sentirse jefes, dominadores del rebaño. Se exhiben como si fueran artistas y pasean por las plazas a santos o vírgenes para ser vistos por las gentes. Jesús descubrió la hipocresía de los responsables religiosos de Israel, como Mateo lo hace con sus sucesores en la Iglesia. Sin embargo, la Iglesia vive del Espíritu y de aquellos cristianos que cumplen la segunda parte del Evangelio. Por eso nos enseña a comprender a Jesús como único maestro, a querernos como hermanos, a tener a Dios como único Señor en esta vida; a servir y no servirnos de los demás. Así es como formamos la verdadera comunidad cristiana.

3.- El creyente. Debemos llevar un cuidado enorme en no caer en las denuncias que a continuación hace Jesús sobre la hipocresía de los dicen y no hacen, de los que prometen y no cumplen, de los que piensan una cosa, dicen otra y hacen todo lo contrario. Nuestra vida debe ser «sí, sí; o no, no». Pero no es nada fácil evadirnos de las tentaciones del poder, de la vanidad y del dinero. Parece que nuestro corazón los lleva impreso y los buscamos instintivamente, o nos los excitan acciones externas que buscan nuestra perdición. Tenemos necesidad de ser humildes, como nos aconseja Jesús tantas veces: situémonos en nuestra vida con los talentos, los dones, que nos ha transmitido la familia, la sociedad y nuestro propio esfuerzo. Y pongámolos al servicio de los hermanos.


Familia Franciscana: Santos y Beatos del 27 al 31 octubre

28 de octubre
Simón y Judas, apóstoles
            Simón ocupa el undécimo lugar en la lista de los Doce. Tiene como apodo el Cananeo o «Zelotes». JudasTadeo es el que pregunta al Señor por qué se manifiesta a sus discípulos y no al mundo (Jn 14, 22).
                                               Común de apóstoles
Oración. Señor Dios nuestro, que nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los Apóstoles, te rogamos que, por intercesión de San Simón y San Judas, tu Iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


29 de octubre
Restituta Kafka (1894-1943)
            La beata Restituta Kafka nace el 1 de mayo de 1894 en Hussowitz (Moravia. Chequia); es hija de Antonio y María Stehlik. De niña trabaja como empleada de hogar y como vendedora ambulante de tabacos. En 1914 ingresa en las Hermanas Franciscanas de la Caridad Cristiana, en Viena (Austria). Después de la profesión religiosa, sirve en los hospitales Neunkirchen y Lainz y en 1919 en Mölding. Defiende a la Iglesia y su asistencia a los enfermos contra el nacional socialismo. Tiene una especial devoción a la Santísima Virgen Dolorosa. Es detenida por la Gestapo el 18 de febrero de 1942. Es ajusticiada el 30 de marzo 1943. El papa Juan Pablo II la beatifica en Viena el 21 de junio de 1998.
                                               Común de Mártir
Oración. Padre nuestro del cielo, que nos alegras con la fiesta anual de la beata Restituta Kafka, concédenos la ayuda de sus méritos a los que hemos sido iluminados con el ejemplo de su virginidad y de su fortaleza. Por nuestro Señor Jesucristo.

31 de octubre
Cristóbal de Romagna (1172-1272)
El beato Cristóbal de Romagna nace probablemente en Cesentico (Forlí. Italia) hacia el año 1172. Después de cursar los estudios eclesiásticos, se ordena sacerdote. Cuando ejerce la función de párroco en Cesenatino, recibe la visita de San Francisco. Cautivado por el Poverello, deja la parroquia y se incorpora a su discipulado, entrando en la Orden. Lleva una vida de penitencia, siguiendo a Cristo pobre y crucificado. Cuida a los leprosos en los hospitales. San Francisco lo des-tina al sur de Francia para combatir la herejía albigense e implantar la Orden. En Aquitania se distingue por su predicación, su sencillez y amor a la naturaleza, la devoción eucarística y la mariana. Asiste al capítulo de Arlés, en el que predica San Antonio de Padua y se aparece San Francisco. Muere el 31 de octubre de 1272. El papa Pío X aprueba su culto el 12 de abril de 1905.
                        Común de Pastores o Santos Varones
Oración. Dios Padre, lleno de misericordia, que por la predicación del beato Cristóbal de Romagna llevaste a muchos pueblos a la luz de la fe, concédenos, por su intercesión, que cuantos nos gloriamos de llamarnos cristianos mostremos siempre con las obras la fe que profesamos. Por nuestro Señor Jesucristo.
31.1 de octubre
Rainiero de Sansepolcro (1304)
El beato Rainiero Sinigardi nace en Arezzo (Florencia. Italia). Ingresa en la Orden en su ciudad natal y, después de prepararse para vivir en fraternidad, sirve en los oficios de portero y limosnero. Tales menesteres le ponen en contacto con mucha gente pobre y marginada, a los que ayuda en todo lo posible, sin menoscabar la asistencia fraterna a los religiosos. Es compañero de Fr. Maseo, uno de los discípulos de San Francisco. Pasa los últimos años de su vida en Sansepolcro, una ciudad que nace en torno a las reliquias del sepulcro de Jerusalén. Sigue a Jesús pobre y humilde y es muy devoto de la Virgen María, como defiende la espiritualidad franciscana. Muere el 1 de noviembre de 1304. El papa Pío VII aprueba su culto el 18 de diciembre de 1802.
                                               Común de Santos Varones
Oración. Dios nuestro, que otorgaste al beato Rainiero Sinigardi la gracia de imitar a Cristo pobre y crucificado, concédenos por sus ruegos que, viviendo con fidelidad nuestra vocación, podamos alcanzar aquella perfección que tu Hijo nos propuso con su ejemplo. Que vive y reina contigo..

31.2 de octubre
Tomás de Florencia (1370-1447)
            El beato Tomás Bellacci, originario de Florencia (Toscana. Italia). Ingresa en la Orden en la fraternidad de Fiésole (Florencia). Se conduce en la vida fraterna con una penitencia extrema y una vida de oración continua. Tal es así que sus superiores le nombran maestro de novicios, formando a los aspirantes a la vida franciscana en la más estricta observancia. En 1414 acompaña a Juan Stroncone, que promueve la reforma de los observantes en el reino de Nápoles. En 1420, por recomendación del papa Martín V, regresa a la Toscana para enfrentarse a los “Fraticelli”, en compañía del beato Antonio de Stroncone. Crea varias fraternidades, fijando su residencia en Scarlino. Alberto de Sarzana, legado pontificio ante los jacobitas de Siria y otros disidentes orientales, lleva también como compañero al beato Tomás. En Persia, Alberto envía a Tomás con otros tres hermanos a Etiopía. Hecho prisionero por los mahometanos, el papa Eugenio IV lo rescata. Regresa a Roma en 1447 y muere en Rieti, el 31 de octubre de 1447. El papa Clemente XIV aprueba su culto el 24 de agosto de 1771.
                                   Común de Pastores o Santos Varones
Oración. Dios nuestro, que llamaste al beato Tomás Bellacci para que buscara tu Reino en este mundo por la práctica de la caridad y la oración perfecta, concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos por el camino del amor con espíritu gozoso. Por nuestro Señor Jesucristo.
31.3 de octubre
Ángel de Acri (1669-1739)

        El beato Ángel nace en Acri (Cosenza. Italia) el 19 de octubre de 1669; es hijo de Francisco Falcone y Diana Enrico. Ingresa en el noviciado de los Franciscanos Capuchinos de Acri. Profesa en1691, y, después de cursar los estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1700. Se entrega a la predicación por los pueblecitos de Calabria y del sur de Italia (Cosenza, Rossano, Bisignano, San Marco, Nicastro, Oppodo, etc.). El cardenal Pignatelli le invita a predicar la cuaresma en la catedral de Nápoles. Es también un apóstol del confesionario. Sus devociones son las de la espiritualidad franciscana: la Eucaristía (las Cuarenta Horas), la pasión de Cristo (el Calvario, el Vía crucis) y la Virgen María (la Dolorosa). Desempeña las funciones de maestro de novicios, guardián y superior provincial. Muere en Acri el 30 de octubre de 1739. El papa León XII lo beatifica el año 1825.
                                               Común de Pastores

            Oración. Dios de bondad y de misericordia, que concediste al beato Ángel la gracia de atraer a los pecadores a la penitencia mediante la predicación y los milagros, concédenos, por sus méritos y oraciones, llorar humildemente nuestros pecados y alcanzar la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

Francisco de Asís: La relación fraterna con el cosmos

                                        Francisco de Asís y su mensaje


                                                                           II

                                                     La relación fraterna con el cosmos


           
La relación con las criaturas le hace descubrir el amor, el bien y la belleza que es Dios. Pero además Dios es el Padre de todo cuanto existe (cf. RegNB 23,9-10 ParPN 1; etc.) y Jesucristo es su Hijo (cf. 2CtaF 11) que nos ha hecho hijos de Él y hermanos suyos (cf. 1CtaF 1,7; 2CtaF 50-53.56) y de todo cuanto hay fuera de Él al ser creados y redimidos en él y por él (cf. 2CtaF 12; CtaO 3). Por eso tiene una predilección especial por los corderos: «pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios» (2Cel 77).

           
Al llevar la imagen de Cristo (cf. 2Cel 165; EP 113) considera a las criaturas con la dignidad de hijas de Dios y hermanas suyas: «Loado seas, mi Señor, con todas las criaturas, especialmente el señor hermano sol [...] por la hermano luna y las estrellas [...] por el hermano viento [...] por la hermana agua [...] por el hermano fuego [...] por nuestra hermana madre tierra» (CantCria 3-9). Tan es así, que las trata como dotadas de razón: «¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores, al contemplar la galanura de sus formas y al aspirar la fragancia de sus aromas? Al instante dirigía el ojo de la consideración a la hermosura de aquella flor que, brotando luminosa en la primavera de la raíz de Jesé, dio vida con su fragancia a millares de muertos. Y, al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a loar al Señor, como si gozaran del don de la razón» (1Cel 81; cf. EP 115).

           
Y si las considera dotadas de razón deben ser fieles al Señor, y alabarlo y darle gracias por todos los beneficios que reciben constantemente de Él, de forma que une el universo a la conciencia humana de agradecimiento a Dios por existir. Contempla Francisco todo lo existente en unidad de ser y destino, sea cual fuere la condición de vida que comporte. Caminando un día por el Valle de Espoleto, cerca de Menavia, avistó un grupo de aves que se habían agrupado para comer y cantar. Al verlas, Francisco corrió hacia ellas dejando atrás a sus compañeros de viaje. Las aves: palomas torcaces, cornejas, grajos, sin levantar el vuelo y ante su admiración, como la de sus hermanos de viaje, escucharon estas palabras: «Mis hermanas aves: mucho debéis alabar a vuestro Creador y amarle de continuo, ya que os dio plumas para vestiros, alas para volar y todo cuanto necesitáis. Os ha hecho nobles entre sus criaturas y os ha dado por morada la pureza del aire. No sembráis ni recogéis, y, con todo, Él mismo os protege y gobierna, sin preocupación alguna por vuestra parte» (1Cel 58; cf. 77; 81; 2Cel 172; LM 8,1.6.11; 9,4; etc.).


Origen de la expresión “vida del mundo futuro”

... y la vida del mundo futuro. Amén.


                                                                      III

                Origen de la expresión “vida del mundo futuro”

                                                         Historia de la teología



                                                            José María Roncero
                                                            Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                      Pontificia Universidad Anrtonianum
                       

La literatura patrística no presta excesiva atención a esta esperanza cósmica, aunque sea mencionada tanto en los Padres orientales como en los occidentales.

Sus aserciones giran en torno a dos polos18: el primero, y frente a las corrientes excesivamente espiritualizantes, defiende que la creación material no va a ser destruida sino transformada y embellecida; el segundo ofrece argumentos sobre la adecuación de la nueva creación a la situación gloriosa del hombre.

Representantes del primer polo son San Hilario de Poitiers19, San Cirilo de Jerusalén20, San Jerónimo21 y a San Isidoro de Sevilla; este último escribe: “...será creada una tierra nueva, es decir, el ser de nuestra tierra será transformado; pasará a un estado espiritual y después no estará sometida a cambio alguno”22.

En el segundo estarían San Ireneo23, San Juan Crisóstomo24 y san Agustín, que expresa así su pensamiento: “el mundo renovado estará en armonía con los cuerpos de los hombres igualmente renovados”25.

Ajeno a esas líneas, San Ambrosio afirma: "En Él (Cristo) resucitó el mundo, en Él resucitó el cielo, en Él resucitó la tierra. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva"26.

Como curiosidad, y ya fuera de la Patrística, cabe citar a San Julián de Toledo y su  Prognosticon futuri saeculi, del año 688, el tratado más antiguo de escatología. Dedica a la “terra nova” cuatro de los breves capítulos del tercer libro (XLVI-XLIX), pero son casi en exclusiva citas de la Civitate Dei de san Agustín27.

Si saltamos a la teología medieval, encontramos que tampoco Santo Tomás aborda sistemáticamente nuestro tema; sólo le dedica algunas cuestiones inconexas  en el Supplementum. Del artículo 1 de la 91 tomamos su pensamiento central, que sigue la tónica de los Padres: “Luego al mismo tiempo el mundo será innovado, y el hombre, glorificado” (Unde simul mundus innovabitur et homo glorificabitur)28.

Muy otra, como era de esperar, es la importancia que se le da en la teología de sayal pardo. Como breve excursus, concentro en siete asertos29 la visión franciscana:

1.- En la espiritualidad de Francisco de Asís, el hombre y la creación, hermanos de origen, están llamados a vivir junto a Dios: en eso consiste la salvación universal.

2.- Para Alejandro de Hales el hombre, junto a la creación, es asumido en la glorificación de Dios. Todo el hombre, en su estructura interna y externa, está constituido para aspirar a ese cumplimiento en Dios.
Alejandro de Hales

3.- Buenaventura lo expone trinitariamente:

3.1. Todo lo que ha sido creado por Dios posee un impulso natural a retornar a su origen. El retorno de las cosas creadas al Padre, para participar en su bienaventuranza, es el estadio conclusivo de la creación.

3.2.- La consumación de la creación se realiza por el Verbo increado, quien, permeando toda la creación, la guía internamente a su fin. Dios acepta en sí al hombre y al mundo cumpliendo el devenir amoroso prefigurado en la encarnación.

3.3. El ser humano ha sido capacitado por el Espíritu Santo para ser el mediador entre el mundo material y Dios; su responsabilidad es llevar a toda la creación y a sí mismo al fin último, a la unión con Dios trino en el esplendor de la gloria.

4. Escoto desarrolla esa especial tarea humana en la construcción del mundo. El hombre ha de buscar los dones que Dios ha impreso  en la creación, pues son medio para tender hacia él; debe reconocer el valor y la dignidad todos los seres; debe reconducir todas las cosas al Creador, manantial del amor. Cuando, con la ayuda de la gracia, el hombre estructura el mundo en el amor, anticipa ya el final consumador.


5. A modo de resumen: la mirada franciscana sobre el hombre, que siempre es una mirada desde Cristo, lo descubre en relación y en camino: en conexión con toda la creación y andante con ella desde su inicio hasta el cumplimiento perfecto en el Dios trino. El camino de la misma creación es un camino de salvación hacia Dios.

Charles Darwin

                                                         Charles Darwin

                                                    
                                                     De A. DESMOND, J. MOORE, J. BROWNE, J.,


                                                                       Por Vicente Llamas
                                                                       Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                     Pontificia Universidad Antonianum
                                                                                                                     
Nos hallamos ante una biografía heterodoxa que asoma a la educación familiar y los primeros estudios del naturalista (la impronta de lecturas como la Teología Natural de Paley y su defensa de la adaptación biológica en calidad de prueba del diseño divino a través de leyes naturales; la filosofía natural de Herschel, el valor del razonamiento inductivo; los principios de uniformismo geológico de Lyell; el concepto de organización biológica y evolución lamarckianos –fijación hereditaria selectiva de hábitos sostenidos- …), al acontecimiento configurador de la vida del ‘Philos’ que fueran los casi cinco años a bordo del Beagle, viaje que le ahorraría el destino fatal de Pringle Stokes, y al período ulterior de ‘teorización’ en Londres, marcado por reflexiones acerca del carácter saltacionista (per saltum), sin mezcla de intermediarios, de las variedades geográficas de una especie (¿se fragua la neo – especiación en monstruos uterinos según la tipología de Owen?), o sobre el influjo determinante o no de la senescencia en la extinción. Esta etapa de su vida sería decisiva, a la postre, para el afianzamiento de un hábito empirista: la afición a las disecciones como vía procedimental de fundamentación de las semejanzas embrionarias en la selección natural (el hecho de que cuanto más temprano fuese el embrión diseccionado, más recordara al ancestro, sugería que sólo era heredada la tendencia a la variación, en tanto las variaciones mismas aparecerían después, cuando la selección podía actuar: los embriones en el útero no tocados por la selección, habían de parecerse más que los divergentes adultos) y al recurso experimental de la variación artificial y la cría selectiva, como una analogía potente para comprender los mecanismos maltusianos de la naturaleza.
No es tampoco ajeno el libro al conflicto personal del patriarca de Kent con el Dios providencial de las reservas unitaristas de las que procediera, y a su alejamiento del establishment anglicano. Uno de los capítulos centrales, <Botánica y fe (1861 – 1882)>, aborda la reorientación en esa época de los trabajos de Darwin, colaborador habitual del Gardeners Chronicle y entusiasta impulsor del más ambicioso catálogo floral, el Index Keurensis, a ese área científica, a fin de mostrar la eficacia de la teoría evolucionista en la comprensión de la morfología y fisiología vegetal (estudió intensivamente la fecundación de las orquídeas salvajes e investigó su adaptación al síndrome floral, asegurando la heterosis), y da cuenta de la interrupción de sus deberes parroquiales a raíz de la ordenación escolar hacia los ‘Treinta y nueve artículos’ de religión, promovida por el nuevo vicario de Downe.
Entre los mayores logros del texto destaca la exposición, en el capítulo dedicado al Origen de las Especies, de supuestos centrales de la teoría evolucionista como el desarrollo de variaciones útiles a un ser orgánico para la pervivencia individual, transmitidas por los poderosos resortes de la herencia a la descendencia (principio de selección natural), así como el énfasis en la provechosa ayuda que presta la selección sexual a la ordinaria. El capítulo bosqueja cómo la selección natural conduce a la divergencia de caracteres (cuanto mayor es la divergencia constitucional y conductual intrapoblacional, mayor el número de individuos que pueden sustentar un territorio, de suerte que en la modificación de la descendencia homoespecífica y la pugna heteroespecífica por la proliferación individual, la diversificación filial incrementa la probabilidad de supervivencia). Las microdivergencias morfoestructurales entre variedades homoespecíficas se dan en constante aumento hasta igualar macrodiferencias entre especies unigenéricas o macrodivergencias heterogenéricas (convergencia adaptativa). Tales principios (selección natural, divergencia morfológica individual homoespecífica y convergencia adaptativa), permitirían explicar la naturaleza de las afinidades y de las diferencias, generalmente bien definidas, que existen entre los innumerables seres orgánicos de cada clase en todo el mundo (Origin, ed. 1859, 127 – 128).
Otro mérito del texto consiste en la acotación del prístino significado del término <darwinismo>, acuñado por Huxley en vida del propio fisicalista de Shrewsbury, frente a connotaciones desvirtuadas (naturalismo, materialismo, empirismo, …), derivaciones (darwinismus –particular versión del darwinismo, entre cuyos seguidores figurara Ernst Haeckel, que anteponía la ortogénesis a la selección natural-; darwinismo social, …), lecturas degradantes que violentan el subtítulo del Origen de las Especies (<Peservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida>) como las que hicieran la Alemania genocida, esa pálida madre brechtiana que gritó su mentira, cubierta de lodo y de cristales en una noche continua y rasgada, saturada de ghettos, de camisas pardas y manos alzadas que se habrían de secar, la Rusia demente de los gulags y las ilimitadas verstas de fosas y purgas, o la América fundamentalista de los Señores de la Guerra (curiosamente, tras el colapso del comunismo soviético y la Guerra Fría, algunas voces progresistas instaron a la reinvención de paradigmas políticos para el nuevo milenio, inspirados, no en la doctrina marxista, sino en el canon darwiniano), o el abuso desafortunado de la idea de selección natural para justificar prácticas eugenésicas aberradas (no la eugenesia de Galton, apoyada por estudios biométricos), lejos de esa sinergia con la genética mendeliana que propiciara la teoría genética de la selección natural desarrollada por Fisher y reforzada colateralmente por Haldane y Wright, en aras de una síntesis evolucionista.
La obra testa inducciones que conforman el meristemo apical del corpus ideológico de aquel ‘hombre que paseaba con Henslow’ en sus formulaciones originarias, despojadas de la posteridad que concitan: la hipótesis provisional de la pangenesia, que explicaría la transmisión intergeneracional de rasgos hereditarios (cada parte de un organismo progenitor libera gémulas que circulan por el cuerpo –cuán cerca, en  clave biogenética, de las homeomerías de Anaxágoras o los lógoi spermatikoí estoicos- y se depositan en los órganos sexuales para ser transferidas en la reproducción: <el niño, estrictamente hablando, no se convierte en el hombre, sino que incluye gérmenes que, desarrollándose lenta y sucesivamente, forman al hombre> -Variation, ed 1875, 2.398-); el postulado de <supervivencia del más apto> (un préstamo de Principles of Biology de Spencer, filtrado por Wallace como un sustitutivo parcial de la más antropomórfica selección natural); el apotegma de <cambio de las especies por descendencia> (Correspondence 11, 402-3); el <poder de la costumbre en la fijación de expresiones aprendidas> y la herencia de caracteres adquiridos (Darwin estaba firmemente convencido de la vigencia de una continuidad evolutiva entre las expresiones -y, por ende, la vida mental- de animales y humanos. Los animales experimentarían, según esta tesis, vestigios de las emociones humanas, incluidos los sentimientos moralesThe Expression of the Emotions in Man and Animals-), o el valor del <aislamiento geográfico en el proceso evolutivo> que resolvería el problema de la mezcla. Puntuales alusiones a la composición de los cuadernos sobre transmutación (D y E) y sobre implicaciones conductuales, psicológicas y metafísicas de la evolución, diseñada para explicar tanto la mortalidad como la forma corporal, ajustan el engranaje temático.
El texto culmina con el esbozo de las directrices axiales del legado, líneas de proyección ya abiertas: el carácter selectivo del ambiente no eclipsa el protagonismo de la mutación preadaptativa, fruto del azar, la que provee nuevos alelos responsables de las variantes genéticas individuales mejor adaptadas que sobrevivirán. Las mutaciones que forjan el curso de la evolución no son, pues, producto de la presión ambiental –un saldo de la adaptación-, sino que es ésta la que resulta determinada por la mutación, con la nada desdeñable carga de aleatoriedad (el indeterminismo estaba gestado, la ‘providencia de los átomos’, el torbellino –dine- de formas infinitas con sus choques y rebotes, su eterno movimiento in- o excéntrico en un vacío infinito… el azar en la cosmogonía atomista. El viejo debate biológico entre mecanicismo y teleonomismo que tan bien refiriera J. Monod –Le hasard et la necesité-: la teleología como ‘ilusión antropocéntrica’ consecuente al rechazo filosófico de nuestra propia contingencia, y la ‘profunda contradicción epistemológica’ que entraña la visión teleonómica de la physis, la percepción de seres capaces de ‘preservar y reproducir la norma estructural’. La posición supra-teleológica de la invarianza de la naturaleza postulada por el propio Monod, la ciega týkhē en la raíz del hecho evolutivo. El estatismo y constancia numeral de formas aristotélicos frente a las incontables formas y prósperas o frustradas combinaciones fortuitas que fueran modelando a los versátiles seres animados en la especulación de Empédocles). Las diferencias morfofisiológicas y comportamentales interindividuales en el seno de una población pueden ser moldeadas por las condiciones externas, pero los motores de la neo-especiación a partir de variantes pre-existentes son la mutación genética –causa primaria de la variabilidad- y la recombinación meiótica: el fenotipo es sólo la expresión directa de un genotipo (un gen concreto no sufraga un fenotipo de forma aislada, como si operase en un sistema cerrado. Los genes se expresan en el medio intracelular, y las células interaccionan entre sí y con el entorno, pluralizándose los modos de manifestación de un gen en diferentes organismos según el ambiente de desarrollo). La fracción genómica heredable impulsa la evolución, y la selección natural, cimentada en el éxito adaptativo y reproductivo, sólo la encauza (la poliploidía, tanto como la duplicación de secuencias cromosómicas codificadoras o reguladoras, crisoles de familias génicas, son mecanismos perentorios en la evolución -fusión de darwinismo y mendelismo, selección natural y variación génica).
La reivindicación de un darwinismo no ideológico, la advertencia del apego quasi teológico de las nuevas generaciones de biólogos por el mismo y la reverencia a la selección natural como una deidad manqué, un relojero ciego que llena el espacio de diseño con maravillosas adaptaciones, son algunos de los repuntes críticos que adornan a una obra sin hallazgos, pero también sin sofismas o aporemáticos malabarismos exegéticos, que hilvana con fluidez detalles biográficos relevantes y periodiza la maduración de las ideas generatrices del organon darwiniano. Una sucinta ilación de vida y pensamiento, coaligados con rigor y equilibrio.