viernes, 28 de febrero de 2014

Cultura. Santa Teresa

Ante el centenario de Santa Teresa de Jesús (1515-2015)


Francisco Javier Díez de Revenga
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

                                           

La figura histórica y literaria de Teresa de Ávila se abre camino con sus textos fundamentales en la presente hora y nos muestra calidades indelebles y puntos de interés que han de suscitar  matices y resolver interrogaciones a un lector contemporáneo. Mujer emprendedora donde las haya, Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, protagonizó, y bastante sola, en la difícil España de su tiempo, iniciativas que la enfrentaron a los prejuicios y falsas creencias de su tiempo, y, por encima de todo, dio a conocer su verdad, la verdad de la fe, primordial objetivo de su vida y de su producción literaria.
            La fortuna hizo que, como siempre se aseguró, y así lo afirmó la propia santa,  hubiera de escribir sus experiencias, contar por escrito su vida y sus trabajos, sus representaciones místicas y los consejos a sus hermanas de la reforma. Y hoy, pasados tantos siglos, contamos para comprender a la persona, al momento histórico, y valorar su trascendencia, con la excelente obra literaria, y también religiosa, de la no menos excelente escritora, muy de su tiempo, muy de sus días, pero también con segura garantía de permanencia y eternidad, a través precisamente de unos escritos que brillan por su claridad, por su lozanía, por su aún vigente estilo directo.
            Interesa hoy, sobre todo, la mujer de acción, la reformadora, la revolucionaria, la monja que se descalzó y descalzó a las suyas, la que recorrió caminos, la que fundó monasterios, la que, en contra de los “letrados” de su tiempo, supo con su compostura natural, sin alambiques ni recargamientos, sin retóricas ni superficialidades, expresar por escrito lo directo, lo concreto, y convencer desde sus páginas no sólo a propios, sino también a extraños, no sólo a sus contemporáneos, sino también a muchas generaciones posteriores de lectores.
            Aunque Teresa de Ávila escribió, y mucho, siempre por mandato de su confesores, su obra no llegaría a la imprenta hasta después de la muerte de la santa, a partir de la primera edición de sus escritos, que llevó a cabo Fray Luis de León, publicada en Salamanca en 1588. Ni ella misma quería llevar sus escritos a la imprenta ni tampoco lo permitió su mentor y consejero más fiel, el padre Jerónimo Gracián, por lo que sus libros, en vida de la santa, hubieron de difundirse y de forma sobresaliente y extraordinaria, a través de copias manuscritas para uso de las monjas del Carmelo, uso en efecto muy restringido, pero que, sin embargo, propició la multiplicación de los manuscritos con los consiguientes y multiplicados errores textuales. Incluso, de una de sus obras fundamentales, Camino de perfección, hizo la santa dos redacciones que se conservan de su puño y letra: la primitiva, escrita en el Monasterio de San José, de Ávila, a partir de 1562, que se  conserva en la biblioteca del Monasterio de El Escorial; y la segunda, redactada a partir de 1569, en Toledo, que se guarda en las Descalzas de Valladolid. La segunda redacción, mucho más completa y meditada, tiene el interés superior de constituir la redacción definitiva, hecha por la propia Teresa de Jesús.
            Cuando la obra de Santa Teresa comienza a difundirse a través de la imprenta, la fama de la escritora, que ya era enorme, se extiende por todos los ámbitos de la Europa de su tiempo de forma extraordinaria. El propio Fray Luis de León quiso, desde el principio, mostrar, además de los valores espirituales de la autora que estaba presentando, los valores literarios de una escritura directa, convincente y sin retóricas, que era posible advertir en los escritos de la santa. Así lo afirma en el prólogo de sus obras: “La Madre Teresa, en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios, y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo  que haya en nuestra lengua escritora que con ellos se iguale.”
            Tal consideración, como señalamos, ha sido así apreciada por la posteridad y, ya en el siglo XIX, de lo sagrado a lo profano, Santa Teresa se convertiría en todo un clásico de nuestras letras, en una escritora imprescindible de nuestra historia literaria, cuando, en 1861 y 1862, aparecen sus escritos en los volúmenes 53 y 55 de la Biblioteca de Autores Españoles (BAE), junto a los primeros nombres de nuestra literatura.
            De esta forma, y hasta el presente, a través de numerosas ediciones, la obra de Santa Teresa se lee y se vuelve a leer mostrando la calidad de una lengua original, el español del siglo XVI más directo y castizo, de un estilo propio y singular, que a Azorín llegó a parecerle más nítido que el del mismísimo Miguel de Cervantes, y que Menéndez Pidal aseguraba que nacía con la intención de estar siempre más próximo, más cerca del pueblo llano y de su lengua, y escribir, en definitiva, como se habla. Tal intención surge, sin duda, espontáneamente, sin preparación, si advertimos que, tras sus escritos, no hay lucimiento, sino expresión directa, de acuerdo con lo que la propia santa dejó escrito, en la introducción a Camino de perfección: “como no sé lo que he de decir, no puedo decirlo con concierto; y creo es lo mejor no le llevar, pues es cosa tan desconcertada hacer yo esto”. Y que confirma, en el mismo libro, en el capítulo 19, cuando escribe: “Ha tantos días que escribí lo pasado sin haber tenido lugar para tornar a ello, que si no lo tornase a leer no sé lo que decía. Por no ocupar tiempo habrá de ir como saliere, sin concierto. Para entendimientos concertados y almas que están ejercitadas y pueden estar consigo mismas, hay tantos libros escritos y tan buenos y de personas tales, que sería yerro hicieseis caso de mi dicho en cosa de oración”.

                                                     
           


lunes, 24 de febrero de 2014

Las Iglesia ante el cambio

La Iglesia ante el cambio






Por Manuel Lázaro Pulido
                                                                       Instituto Teológico de Cáceres
                                                                       Universidad Católica Portuguesa (Oporto)



Se dice y con razón que vivimos en un momento de crisis. Lo sustanciamos todo en la crisis económica como si fuera el eje principal de la misma. Y damos vuelta en torno a los poderes económicos, o al gasto público, a las diferencias sociales, o a conceptos que ahora todos manejamos como si fuéramos economistas de profesión. La verdad es que la situación de vulnerabilidad económica en nuestras sociedades del bienestar ha venido a ser la manifestación palpable de que lo que está haciéndose no cuadra con lo que está siendo. Y esto afecta a muchas facetas. Lo lógico es que el lector piense: “es cierto, lo que subyace es una crisis de valores”. No seré yo ahora quien lo niegue. Pero la crisis es aún más profunda, porque los valores se fundamentan en realidades y las realidades no son solo metafísicas (o sea de principios aislados), las realidades se constituyen en lo que son (en lo que son de por sí siendo en su contexto). Es decir la realidad está íntimamente relacionada. Y digo todo esto para expresar que la realidad de la crisis tiene que ver con la realidad que experimentamos. La crisis afecta pues también a las formas sociales, las estructuras antropológicas, las culturas y todo ello se retroalimenta. Así que la crisis también afecta a la Iglesia, a su estructura, a su modo de expresarse, a la sociología de su constitución teológica. La Aldea global ha cambiado las comunicaciones, ha cambiado las expectativas, ha trastocado el universo mental, la forma de relacionarnos. Ayer una investigadora que dirijo de la Universidad de Saitama en Japón y que viene para España me preguntó por mi WhatsApp para comunicarnos mejor. Yo que sigo siendo frugal en telecomunicaciones no pude darle respuesta positiva. Sin embargo más tarde utilicé el Skype para comunicarme con un profesor de Polonia. La relatividad espacio-temporal ha llegado a nuestras vidas no en forma de fórmulas matemáticas, sino bajo la implementación de los modelos que se derivan de ellas.
Y estas nuevas formas relativizan el espacio y el tiempo, trastocado las fronteras, los lugares de identidad antes conocidos. No han desaparecido las ansias de identidad, propia de los mamíferos que somos, sino el espacio físico. Cada vez más volátil. Pensemos en nuestros documentos (en nuestra memoria): del papel, al disquete, del disquete al Cd, del Cd al USB, del USB a la nube. Nuestra identidad personal también se ha volatilizado: de la firma y el sello a la firma digital de la Oficina de Registro virtual. Miremos nuestras lecturas: de Espigas y azucenas al blog de F. Martínez Fresneda. Y todo esto en un tiempo vertiginoso para que muchas mentes lo asimilen. Y esto es crisis, porque es crisis en tanto “Escasez, carestía; y “Escasez, carestía” (significados 6 y 7 del DRAE) comoMutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales” (significado 2 del DRAE). De hecho, y muy probablemente, las acepciones 6 y 7 dependan de esta. Y por analogía de la primera acepción: “Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. Veremos si nos mejoramos o agravamos, pero que estamos cambiando seguro.
Y en esta circunstancia a la Iglesia y a su espacio y tiempo también le tiene que afectar la crisis. La Iglesia es católica, ese espacio admite muchos vaivenes. Y su catolicidad, su forma de expresión sociológica y eclesiológica siendo así tiene la capacidad de retroalimentarse (que es lo propio del cristianismo: pues Cristo siempre da la oportunidad de configurarse con Él). Hemos de pensar si el espacio eclesiológico que nos hemos dado (con la ayuda del Espíritu Santo, claro está) es el espacio del siglo XXI. Si la estructura parroquial del II concilio Vaticano tal como está en el imaginario diocesano es posible mantenerlo. Si esa identidad puede apegarse al territorio, hoy cuando la Universidad provinciana tiene que unirse a otras para no sucumbir y hacer un curso on-line porque sino no podría sobrevivir y lo que es aún más importante (aunque lo otro es necesario): servir.
Hemos repensar una eclesiología para el cristiano del siglo XXI. Porque la realidad es que el hombre es cambiante. Y difícilmente en un mundo del mercado global (que es la realidad y la fundamenta también) hace que los hombres muden. Un servidor a vivido en más de tres países y en multitud de ciudades (por ende en multitud de parroquias). Siempre me he sentido diocesano porque aprendía  relativizar el espacio y el tiempo cuando en mi vida eso acontecía, como muchos cristianos. La mayoría adoptaron otras realidades eclesiales, aquellas que se hacían carismas y misterios en Christifideles laici (21), en realidad nuevas necesidades religiosas nacidas a ritmo de cambio social que han provocado no pocas tensiones en las parroquias. Pero no es menos cierto que es obligación conciliar dar salida a las nuevas formas en los nuevos tiempos: “incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. Por consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia” (Lumen Gentium 33).
Hace más de ochocientos años, un laico de Asís, anuncio vivo del Evangelio, enfrentó la ruptura del espacio y el tiempo en un nuevo mundo que se configuraba, donde el espacio rural quedaba obsoleto como identidad única, y la realidad religiosa necesitaba de un nuevo lugar en la ciudad del Occidente que se iba constituyendo (el primer paso a la Modernidad). Los muros de los monasterios no podían responder a “las posibilidades y necesidades de los tiempos” y el nuevo ciudadano urbano necesitaba de una luz evangélica nueva, católica, universal. Aquel hombre pobre supo leer la crisis, supo ver el momento de la nueva eclesiología al que el IV concilio de Letrán también llegó con retraso.
Crisis es momento de cambio de la realidad y la Iglesia precisa de una nueva eclesiología para poder hacer vivo el anuncio del Evangelio en la perennidad de su mensaje. Y crisis es oportunidad para mejorar “el enfermo” o para “empeorarlo”. Y eso sí que depende de nosotros, y ahí la queja (mecanismo de defensa preferido de quien no tiene ni fe ni esperanza ni caridad) es el mejor mecanismo para empeorar el enfermo. En esto de la eclesiología cómo se haga, eso, ya no depende de mí: ¡doctores tiene la Iglesia!



Más sobre Jesús

                      Jesús de Nazaret. El hombre de las cien caras
                             Textos canónicos y apócrifos.
                 

                 

                                                                De Antonio Piñero
                                              Universidad Complutense (Madrid)


                                                                   por  B. Pérez Andreo
                                                                                  Instituto Teológico de Murcia OFM

      Este libro de Antonio Piñero expone, a través de un millar de textos sobre Jesús, la tesis básica que el autor ha defendido en muchos de sus libros, a saber, que el cristianismo es el producto de la reflexión teológica de los discípulos de Jesús después de su muerte, que el cristianismo es repensar y reinterpretar a Jesús a la luz de la creencia firme de que ha resucitado y de que está presente entre sus fieles. Esa reflexión o reinterpretación se logra no solo pensando en su vida en sí, sino también apoyándose en la palabra viva de Dios, las Escrituras. Los cristianos estaban también convencidos de que esa palabra había predicho de antemano todo lo que sucedería con Jesús en su calidad de mesías de Israel, llegado en la plenitud de los tiempos.
En la presente obra, el autor nos ofrece una cantidad ingente de dichos sobre Jesús, provenientes de múltiples tradiciones, canónicas o no, y que conforman una especie de collages sobre el concepto que en los primeros tiempos se tuvo de Jesús. Lo que ha hecho el autor es dar coherencia temática a los textos, reuniéndolos en torno a temas concretos. Poco le importa al autor la procedencia, lo único que tiene presente al escoger los textos es la veracidad histórica del texto, no tanto su carácter canónico. Así va tejiendo una especie de nuevo diatesaron, pero incluyendo no solo los textos evangélicos canónicos, sino todo el material que al respecto de un determinado tema pueda encontrar. Como ejemplo sirva el capítulo primero, denominado Encarnación. Como Jesús es Hijo de Dios. En este capítulo se hilvanan textos procedentes tanto de los evangelios canónicos, los Hechos de los apóstoles o las cartas de Pablo, como de textos apócrifos como el Evangelio de la Infancia o los Hechos de Tomás, así como textos procedentes de la tradición como Hipólito de Roma o Justin Martir. Este mismo tenor se sigue en el resto de los trece capítulos de que consta la obra. Su lectura continua, en la que se trufan todos los textos disponible en torno a la temática concreta, nos da la sensación de un cierto (¿sano?) relativismo en lo que hace a las fuentes utilizadas, pero fundamentalmente sobre el mismo personaje sobre el que versan los textos: Jesús de Nazaret.
      Resulta imposible hacerse una idea suficientemente clara de lo que supuso Jesús de Nazaret con este método de presentación, aunque es cierto que para ello ya hay otras obras, pero no ayuda a la comprensión del personaje. Romper la estructura de los textos de procedencia y volverlos a unir según un criterio extemporáneo, externo y hasta espurio, bien podría parecer una descontextualización que impidiera, antes que permitiera, el acceso a un Jesús liberado de las cadenas de la canonicidad. Algo de esto recela el autor cuando él mismo aduce que “la presente colección/selección de textos permite al lector adquirir una mentalidad un tanto relativista respecto a la herencia de la Antigüedad sobre los hombres importantes, famosos, o trascendentes para la humanidad” (348). Esa mentalidad relativista, como dice el autor, antes que ayudar al lector, a menos que esté avisado de los pormenores de la crítica y de esos los hay escasos, solo puede ayudar a confundir. Ahora bien, el conjunto de textos así dispuestos sí tiene validez para aquellos que tengan un claro conocimiento de la situación de la investigación en la materia, pues ayuda a ver las relaciones que existen entre la tradición canónica y la extracanónica sobre un tema concreto, sea este el de la resurrección, sea la crítica al poder o sea la misma encarnación del Hijo de Dios.
      La obra de Antonio Piñero dice no perseguir la finalidad de reconstruir al Jesús histórico, sino mostrar la variedad del cristianismo primitivo, con sus principales troncos, el judeocristianismo palestinense, el judeocristianismo helenista, absorbido por la corriente del cristianismo paulino, y la corriente gnóstica. La primera y la última acabarán siendo expulsadas del cristianismo ortodoxo y sus textos no configurarán la corriente canónica que tenemos hoy en el Nuevo Testamento, pero sus textos conservan un cierto valor de testimonio, aunque no un valor histórico para reconstruir la vida de Jesús. Es interesante la puesta en paralelo de unos textos y otros, especialmente para conocer la variedad del cristianismo en sus orígenes, pero no tienen ninguna validez para intentar recuperar lo que fue el acontecimiento de Jesús. Aunque sea cierto que a un historiador solo le interese la lucha entre ortodoxos y heterodoxos desde el punto de vista de la evolución de un pensamiento, sí es cierto también que las comunidades que elaboraron y para las que se elaboraron los textos tenían una cierta comprensión de la realidad de la que nació su visión sobre Jesús. En otras palabras, lo que vivieron aquellas comunidades en las que nacieron los textos que ahora conforman el Nuevo Testamento, forma parte también del acontecimiento Jesús de Nazaret. Por eso no es baladí qué expresen en sus textos, pues esa expresión es la consecuencia de una experiencia que, generalmente, en los textos canónicos, es de persecución, la misma persecución que vivió Jesús y que no está presente en los textos no canónicos, o no lo está con la misma intensidad. Esta diferencia sustancial entre unas comunidades y otras es fundamental para el historiador y lo es también para el lector. Aunque es cierto que ya existen muchas obras donde esto puede encontrarse, también lo es que si no se da al lector una mínima introducción al respecto puede llevarse a error, al peor de los errores, al relativismo, a pensar que el Jesús del que habla Marcos es el mismo del que habla el Evangelio de la Infancia.
En definitiva, estamos ante una obra interesante para el lector avezado en los temas de los que trata y de la que se puede obtener gran beneficio, pero sería necesaria alguna introducción explicativa para otro tipo de lector, bien sea en la propia obra o remitiendo a alguna de las muchas y buenas obras del autor.





A cada día le bastan sus disgustos

             VIII DOMINGO (A)

                «No os angustiéis por el mañana»

                                                          

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 6,24-34.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

1.- Junto al peligro de perder la vida está el de no poder mantenerla. Jesús se ampara en Dios para su defensa. La ocasión le viene cuando enseña que la existencia no puede asentarse en las riquezas, sobre todo si equivalen para el hombre a un apetito desordenado que le conduce a su perdición. Porque la codicia de las cosas encierra desligarse de Aquel que es el propietario de todo: «Por eso os digo que no andéis angustiados por la comida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo. La vida vale más que el sustento y el cuerpo más que el vestido». La alternativa que ofrece a la seguridad que dan los bienes es Dios, porque Él no exige las preocupaciones que proporcionan conseguir y mantener la riqueza, sino, al contrario, basta con abandonarse en sus manos y dejarse llevar por la conciencia de que su corazón está pendiente del sustento diario: «Observad a los cuervos: no siembran ni cosechan, no tienen silos ni despensas, y Dios los sustenta. Cuánto más valéis vosotros que las aves [...] Observad cómo crecen los lirios, sin trabajar ni hilar; pero os digo que ni Salomón, con todo su fasto, se vistió como uno de ellos».

2.- Cuando Jesús viaja a Jerusalén, según la propuesta evangélica de Lucas, y presiente los sufrimientos que va a padecer, enseña a los discípulos, a sus amigos, que el camino de la cruz también tendrán que recorrerlo ellos. En estos momentos tensos, Jesús se remite a Dios, que como Creador es el dueño de la vida (Lc 12,22-31; Mt 16,25-33). De aquí nace la confianza en Él y el coraje del anuncio del Reino. No se debe temer a quien arruina o destruye la vida en esta tierra, sino a Aquel que la puede aniquilar para siempre. «¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno de ellos se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados todos. No tengáis miedo, que valéis más que muchos gorriones» (12,6-7; Mt 10,29-31). Los gorriones y los pelos, de valor insignificante, y la vida humana, la mejor imagen divina en la tierra, están bajo la mirada de Dios. Todo lo existente es objeto de su preocupación y protección. Dios es providente.


3.- El cuidado que Dios tiene para con nosotros fruto de su inmenso amor que nos ha traido a la vida,  no excluye que disfrutemos y gocemos de la existencia. Lo importante es tener una escala de valores acorde con el reino del Señor y su justicia: Su amor, el amor a la vida y a la familia, la responsabilidad en nuestros servicios sociales, la relación humana que nos hacer ver a los otros como hermanos, la creación como sede del Señor y de la historia de amor huamana, etc., etc., etc. No es necesario escaparse de la vida para recluirnos en un castillo al cuidado del Señor. Cuando nos dice: «Buscad primero el Reino y su justicia» es no darle la vuelta a la escala de valores del Evangelio y colocar el dinero, los bienes, las cosas por encima de los demás; y lo hacemos cuando no tenemos a Dios como el amor primero y fundante de todo.

De la Hacienda pública

                              HACIENDA TELEMÁTICA


                                                                        Francisco HENARES OFS
                                                                        Instituto Teológico de Murcia OFM

Hoy no escribo de buen humor. Diré la causa y el por qué. La Fundación Clara Henares. Jóvenes Solidarios Sureste, que yo fundé y presido, todos los años en enero envía a Hacienda el informe sobre los donativos que la buena gente ha dado para el Premio de Clara. Como no son sumas del otro mundo, caben en tres páginas del modelo 182. Llevamos años entregando todo a Hacienda a mano y en mayúsculas muy hermosas. Llego este año y me dice Hacienda que ya no se recibirá nada en papel, ni a mano, sino telemáticamente, y con firma electrónica. Lógicamente, he pillado un cabreo de narices. Al pobre chico que me atendía, (muy correcto, es verdad) le he  soltado que él no tiene culpa, pero que esto era un abuso de poder contra la gente sencilla que no tiene por qué  saber de ordenador, y encima con exigencias. Le he espetado también que la Fundación nos ha costado crearla  30.000 euros, y que encima es sin ánimo de lucro, y encima es una Fundación pobre; y que parece mentira que una ONG que todo lo da gratis, no tenga ni esa conmiseración de presentar a mano, como llevaba haciéndolo desde años atrás; y que este mundo parece solo para listillos y listorros, y ya está bien hombre. ¿Por qué una pobre mujer ha de aprender informática como si le fuera la vida en ello? Si no sabe de eso ¿ya no existe tampoco, se convierte en un monstruito?                                                                     
Y aquí entro yo a reflexionar, que es lo mío. Una de las imágenes más humildes y bellas de la Semana Santa de Cartagena, se llama La Soledad de los Pobres (de González Moreno). Sale Sábado Santo, y es humilde y con las manos juntas, como desolada. Pega aquí sobremanera. A los pobres no se les da ni agua gratis, a no ser por Cáritas. Fíjense en esto: si ahora un colegio dijera a los padres que las notas de los hijos las recibirán telemáticamente, y no por el boletín de notas; fíjense, si el Corte Inglés te dijera cuando pagas que recibirás el tique telemáticamente; fíjate si la tienda de tomates nos ofreciera los precios y el tique también por ordenador. Y suma y sigue. Más de una tienda acabaría cerrando por pasarse de lista. Y aquí viene lo grave: ¿eso se hace para ahorrar trabajadores en Hacienda? Pues  deberíamos saber cuántos se van a ir a la calle, ya que ahora no tiene nadie de allí que copiar de mano a ordenador, ni tiene que guardar papeles, ni clasificar, ni tener armarios, porque se acabó ya el papel. Y otra consideración: ¿estos modos de obrar son de prepotencia, de quieras o no quieras, y atente a las consecuencias? Y más grave todavía: las Fundaciones sin ánimo de lucro están exentas de presentar cuentas a Hacienda. Lo hacen al Protectorado correspondiente en Madrid. Merecen otro trato. La prepotencia es terrible, cuando el de abajo se la tiene que tragar sin remedio. Cabe el derecho al pataleo, sí, pero ellos saben que ya se nos pasará, como la gripe. Lo digo con educación, porque la impresión es que los de arriba se olvidan pronto del pueblo de abajo. Y encima nos quieren vender la electrónica en pantalla, como si ya no supiéramos vivir sin ella, como si ésta nos hubiera parido. Mas bien, este parto de los montes se debe a intereses de oligarquías, que venden y empujan desde la escuela el producto, como si los nenes no tuvieran otra cosa ya que aprender, ni usar otros juguetes que no sea un móvil de última generación. Con razón hasta cenando comen ya con la cuchara en una mano y el móvil en la otra.
¡Ah! Y  otra reflexión de propina. Este obligarnos me trae a las mientes otra razón de perogrullo: si quien se va a aprovechar es obviamente Hacienda, justo será que no pague el consumidor los gastos que eso conlleva (si te lo hace la empresa fiscal, o el amigo por lo barato). Hace pocos años, una de las Hidroeléctricas que nos machacan en precios ordenó que cambiáramos ese aparatito de la potencia de la luz que está en la entrada de la casa. Bien, sería necesario; vale. Lo hicimos, pero al mismo tiempo, se nos obligó a que pusiéramos un candado en su defensa, para que no pudiera nadie robar a las Eléctricas. Pagamos  nueve euros por candado. Todavía estamos esperando a que lo pongan. Me pregunté mil veces, como tonto del pueblo: si esto es para que no les roben, el candado lo deberían pagar ellos, digo yo. Es su seguridad, no la mía. Pero ni por esas. Hay listillos, y habemos tontos. Pero tú solidario aprende con quien te la juegas, porque los estás viendo. De tontos, nada.


Evangelio. No os angustiéis por el mañana.

             VIII DOMINGO (A)

             «No os angustiéis por el mañana»


                                                        


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 6,24-34.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

1.- En la primera parte del texto Jesús advierte sobre los peligros que trae consigo la riqueza y el poder que ella genera, en la que no debe nunca fundarse el sentido de la vida. Hay que cambiar la riqueza y el poder por el servicio para orientar la vida según el Reino: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir...» (Mc 10,45), servicio que es el sacramento del amor (cf Mt 19,19). Jesús lo avisa cuando el rico declina su invitación a seguirle por la riqueza que poseía: «¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! » (Mc 10,25par). Porque «nadie puede estar al servicio de dos amos…» (Lc 16,13; Mt 6,24). Y es que la codicia conduce a que el hombre sea poseído por las riquezas, de forma que pierde su libertad al ponerse a merced del dinero, un dios al que se le entrega la vida. Pierde su ser. Por eso la codicia es una idolatría (cf Col 3,5). Aquí radica el principio del mal de las riquezas. Después se añade otro no menos importante. El que está sujeto al dinero desconoce las necesidades de los que le rodean y pasa con facilidad a su explotación. Entonces lo que es un don de Dios, la posesión de los bienes, se convierte en un signo diabólico, porque esta riqueza se crea y se alimenta con el hambre de los hombres, en definitiva, por la explotación de los pobres. Para evitar esto, Jesús aconseja introducir en el horizonte vital a los marginados: «Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos [...]. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos» (Mc 14,22-25par).

2.- La segunda parte del Evangelio apela un Dios que está pendiente de sus criaturas. Si es Creador por un acto de amor, este acto no significa una acción aislada al principio de la historia humana, sino revela una actitud de Dios por la que se inserta en el espacio y en el tiempo para cuidar y recrear de una forma continua las personas y las cosas, que son su reflejo. Dios no se desentiende de sus criaturas, antes bien, salvaguardando la libertad humana para que sea posible la respuesta de amor a su amor creador, sigue ofreciéndose como la fuente desde donde mana la vida. Así Jesús integra a su experiencia de Dios como Creador a Dios como Providente. Y en este espacio camina y nos enseña a caminar. Para poder vivir en paz con los demás, debemos mirar continujamente al Señor. Entonces entenderemos lo de la providencia. Si vivimos centrados en nosotros y en nuestras posesiones, observaremos a los otros como lobos, porque el dinero nos convierte en animales.

3.- En su vida ordinaria, Jesús aprende de su padre el oficio de trabajar la madera, el hierro y la piedra. Es un trabajador que come con el sudor de su frente, cumpliendo el mandato divino de los inicios de la creación. Es la responsabilidad ordinaria de toda persona. Cuando se dedica al Reino, convencido de que Dios lo hará presente muy pronto, unas mujeres trabajan para él y sus discípulos y  le alimentan con sus limosnas mientras proclaman la cercanía inmdiata del Señor. La Providencia divina no exime del trabajo ni de las responsabilidades familiares y sociales. Jesús defiende la Providencia para fundar nuestra vida en el Señor y no en los bienes, que en cualquier momento se nos puede arrebatar, como aquel que llena los graneros de trigo para tumbarse a vivir sin trabajar. Y esa misma noche muere, siendo el más rico del cementerio. La Providencia avala que hay suficientes bienes en esta tierra para poder mantenernos a todos y poder llevar una existencia digna. Y la Providencia cubre todas nuestras necesidades fundamentales ―comer, beber, la formación y la salud―, sin tener la imperiosa necesidad de producir, y producir,  y producir para acumular, con el riesgo de quitar los bienes a los demás y volvernos ciegos para comprender a Dios como Padre y Madre y a los humanos como hermanos.



domingo, 16 de febrero de 2014

Evangelio. Amar a los enemigos. Domingo (VII)

                                        VII DOMINGO (A)


                           «Amar y orar por los enemigos»

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,38-48.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Sabéis que está mandado: «Ojo por ojo, diente por diente.» Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.
Habéis oído que se dijo: -Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

1.- La ley del talión la refiere Jesús como el culmen de la ética del judaísmo y se comprende dentro de las perspectivas de la historia de Israel, es decir, es necesaria la represalia o venganza al mal ocasionado. Al mal se le responde con la misma lógica violenta y conforme al principio de proporcionalidad (cf Éx 21,23-25). Con esto se le señalan unos límites a la venganza, pues en otros tiempos la revancha era mayor que el daño y de consecuencias imprevisibles. Más tarde, con el pensamiento sapiencial, aparece la idea de no entristecerse del mal ajeno, pues ello no complace a Dios y se puede caer en desgracia: «No me alegré en la desgracia de mi enemigo, ni su mal fue mi alborozo» (Job 31,29); es más, se aconseja que se haga el bien como otra forma de respuesta al mal: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (Prov 25,21). Jesús radicaliza esta nueva manera de actuar y coloca su fundamento en la voluntad divina, en la nueva actitud de amor que Dios ha adoptado en sus relaciones con el hombre. Por eso está fuera de lugar devolver el daño sufrido, pues lo que provoca es aumentar la intensidad de la violencia y desgarrar aún más las heridas abiertas por la agresión.
Dar un guantazo en la mejilla era corriente entonces como señal de injuria y desprecio, y dársela a los discípulos, que es seguramente a lo que se refiere el dicho, incluye menospreciar el mensaje de Jesús. El segundo caso. El manto tiene más valor que la túnica y es fundamental para pasar las noches en Palestina. Lo mismo se ha de responder al abuso de recorrer una milla, seguramente referido a un servicio público exigido por la autoridad militar o los funcionarios públicos a sus súbditos.

2.- Jesús recomienda el amor y la oración por los enemigos ante la experiencia del rechazo personal y social que están percibiendo y tantas veces sienten los cristianos de la sociedad (cf Mc 10,9-10; Mt 10,17-18). La razón no es la participación de una misma naturaleza, o defender la armonía del cosmos como espejo de la bondad de Dios al estilo griego, o el texto del Salmo (145,9): «El Señor es bueno con todos». Jesús absolutiza y radicaliza el amor como obras y acciones concretas que determinan la conducta permanente de cualquier seguidor suyo ante el que le descalifica y le hace un daño real. Presupone la afirmación de Lucas: los que os odian, los que os maldicen, los que os injurian (cf Lc 6,17), lo que lleva consigo ser bien vistos por Dios: «Bienaventurados los perseguidos...» (Mt 5,10-11). Y son del agrado divino porque reproducen el amor paterno de Dios a todas sus criaturas (cf. Mt 5,9).

3.- El punto de partida de Jesús es el mismo con el que termina la antítesis anterior pero escrito en positivo: el amor de Dios a su criatura, la ilimitada ternura o la libre cercanía del amor de Dios a toda persona. Esto provoca la profunda alegría y el gozo interior de los que descubren y aceptan este nuevo movimiento divino y les obliga a vivirlo con todos los hombres en el contexto de la presencia del Reino. Entonces el campo de las relaciones humanas se queda sin fronteras al no levantar Dios muro alguno para establecer contacto con los vivientes. Por su paternidad universal fundamenta una dignidad común y un común reconocimiento entre todos. De esta manera se supera la obligación de no querer a los que no forman parte del pueblo o de la misma etnia o familia, o son aborrecibles por su conducta, además de borrar la imagen de un Dios que simboliza la violencia humana. Pensemos en África, América, Europa, en nuestra ciudad y pueblo ¿cómo son nuestras relaciones familiares, sociales, culturales, étnicas? ¿Las establece el interés propio, la sangre, el dinero? Porque el amor a los enemigos va más allá de la oración y abarca una serie de gestos y acciones sociales que posibilita la identidad histórica del Dios de Jesús por medio de sus conductas. Si el comportamiento de sus seguidores reproduce el de cualquier familia o grupo cerrado, nada supone de novedad la relación bondadosa de Dios. Pues Dios, no sólo se acerca al hombre por su amor, sino que lo hace para toda la creación, sin exclusión alguna. Es el Dios del amor universal, y no el Dios al que se le da culto en el templo de Jerusalén (cf Mc 11,15-19par), o en el Garizín (cf Jn 4,20). 

Para meditar. Domingo (VII)

          VII DOMINGO (A)
  
                           Amar y rezar por los enemigos
                                 





Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,38-48.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Sabéis que está mandado: «Ojo por ojo, diente por diente.» Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: -Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

1.-  Hemos comentado en la pestaña Evangelio hasta donde es coherente Jesús con su fe en Dios pleno de amor y misericordia, que hace salir el sol para buenos y malos, y al que le rezamos, como también nos enseña Jesús en el Padrenuestro: perdona nuestra ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden. El Dios de Jesús desconoce la violencia entre los humanos, de los humanos contra la creación, y no sabe dar la espalda a sus hijos. Dios sufre la violencia y la encaja en su dimensión de amor. Por eso no entiende qué es el ojo por ojo y el diente por diente. Ni se puede ni se debe dar entre un padre y madre con sus hijos, ni entre los hermanos entre sí.
2.- No olvidemos la raíz del amor a los enemigos: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas tus fuerzas (cf Dt 6,4-5).  Dios, que es uno (cf Mc 12,29.32; Lev 6,4), absorbe todas las capacidades humanas para su reconocimiento en nuestra vida por medio de la adoración. Dios desea una reciprocidad intensa y excluye las medianías y cálculos en las respuestas a su entrega amorosa. Corazón, alma, mente y fuerzas resumen la entrega total y sin condiciones (cf Mt 6,24). Además el amor  lleva consigo la iniciativa sin interés, el respeto al otro, que cuando es Dios se transforma en alabanza y adoración, y la dimensión cognoscitiva que completa a la afectiva.

3.- El segundo mandamiento es: Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19,18; Mc 12,29par), que concluye con una tensión máxima de dicho amor: es el amor y la oración por nuestros enemigos. La razón de ello es la Paternidad de Dios y su amor incondicional hacia cada uno de nosotros. Además de desterrar de nuestra vida el principio de venganza, se debe unir otro mucho más valioso que proviene de la experiencia amorosa del Señor: la gratuidad de su relación amorosa. Como en nuestra sociedad todo se vende y y se compra, todo se produce o se inutiliza porque no nos sirve, no sabemos el valor de la gratuidad. Y es en la relación amorosa gratuita: amo porque sí, porque Dios me ama así, no existen los enemigos, como para Dios. Sólo existen hermanos objetos de mi amor, me contesten bien o mal, me admitan en su vida o no; nuestro corazón debe ser un centro permanente de entrega, al margen de las respuesta positivas o negativas que tengamos.
        


Libros. V. Battaglia

Gesú Cristo luce del mondo. Manuale di cristología






de Vicenzo Battaglia




                                               por F. Henares Díaz


            Más de una vez, el A/, en sus clases expresa que no en vano estudiamos en una Universidad franciscana. Yo también dejo caer esa conseja en las mías. La razón no es la defensa del localismo, como si fuese éste un distintivo excluyente de nadie, pero sí es una convicción y un talante muy propio, a saber, seguir a los grandes maestros de la Orden, de la mejor tradición, acogiéndonos, de consuno, a la enseñanza según estilo de Francisco de Asís. Por otra parte, cualquier profesor de teología ante un Manual, entra presto en conflicto sobre lo que querría dar y lo que es posible dar, según horario del curriculum. Un cruce de caminos arduo, porque vivir (y dar clase) siempre es elegir. En esta edición segunda de la obra, se nos explicita tal desde las primeras páginas de la Introducción, que ya no son como en la primera. Ésta salió en 2007, pero hubo rápida una Ristampa (2008). Ocurre, sin embargo, que en esta segunda edición Battaglia, profesor y exdecano en el Antonianum (Roma), no se conforma con dejar el texto igual, sino que ha querido presentar varios aspectos más al día, desde la forma misma de esquematizar las ideas, apurando letra, hasta renovar la bibliografía, y los pies de nota, y por supuesto comprimiendo varios textos. Y esto manteniendo el mismo número de páginas que anteriormente. Caso insólito. Ha reducido en dos el número de capítulos. Y el que se titulaba Alla scuola dei Padri della Chiesa lo ha suprimido, quizás por lo que tenía de excursus en un libro de texto. Lo cual indica, como mínimo: a) Estar al acecho de lo mucho que se sigue publicando sobre cristología; b) Estar atento al fin que se procura, es decir, que un Manual sea un instrumento de trabajo para alumnos que han de profundizar en un estudio sistemático, en el que no deben perderse en muchos flecos. Todo el Manual, en principio, se acoge a tres objetivos principales, que reseña la Optatam totius (Vaticano II): a) Introducir en la práctica de la metodología; b) Presentar los temas fundamentales; c) Intentar una interacción armoniosa entre auditus fidei, intellectus fidei y experientia fidei. La obra se compone de tres partes, desarrollando 14 capítulos. En esta breve recensión, yo tengo de fijarme no en lo esperado en un Manual (por ejemplo, los concilio más cristológicos antiguos: Nicea, Éfeso, Calcedonia, que ocupan los capítulos 7 y 8, o los capítulos 5 y 6: Muerte y Resurrección), sino además en las orientaciones metodológicas para acercarnos a una cristología, es decir, la unidad en la pluralidad (pp. 24-27) y las raíces desarrolladas de la Escritura neotestamentaria (pp. 28-45), en que se desenvuelve el capítulo primero. Es razonable por tanto, que me parezca fundamental el estilo aquí seguido en cada capítulo, y que al final de cada uno el A/ mantenga una mini sección (la titula Per l´approfondimento), y ahí brilla  la contemplación en pie de enjundia acerca de las páginas que han precedido (más razonables, éstas, digamos). En este capº. primero se profundiza en meditación a partir de Col. 1, 15-20, en un himno cristológico a cuya raigambre se ató siempre la teología franciscana. Un rico capítulo es el segundo, porque aquí somos reenviados del Cristo de la fe al Jesús de la historia. Tema hoy candente y de jugosa interdisciplinariedad. Me detengo brevemente en las páginas dedicadas a los apócrifos, con todo lo que tienen éstos de tintura agnóstica, pero a la par de imaginación popular (tema fronterizo con otras ciencias), y así a modo de acercamiento a Cristo desde perspectivas varias. Que el A/ traiga a escena los descubrimientos de Nag Hammadi corre en esta línea de abrirse a nuevas investigaciones. Aviso útil en un Manual que pretenda estar al día, y quiera ser inclusivo, cuando tanto exclusivismo reinó otrora hacia tales escritos, poniéndolos únicamente bajo sospecha. Por lo  mismo, las páginas 70-77  (del capítulo 2, tituladas Lo stile di vita) entran en el Jesús histórico, como retrato de que habla R. Penna, y tantos otros, cuyas obras son hoy muy leídas (Meier y su Cristo como hebreo marginal). Indagaciones históricas actuales en ebullición, se obligan a casar con la dogmática sin que prevalezcan, antes de nada, recelos y miedos. Redundará en bien de ambas. No de otra forma nos plantamos ante el capítulo tercero (La misión terrena de Jesús). El approfondimento final se echa por la compasión de Jesús. Una temática querida de Battaglia en otras obras suyas en punto a sentimientos de Jesús (Véase su obra Sentimenti e belleza del Signore Gesù (2011). La conexión mística nos va uniendo a un Cristo que estudiamos con un Cristo que a la vez contemplamos. Forma profunda, pues, de conocimiento. He aquí un talante y forma de belleza muy de este profesor franciscano. Basta comprobar que el capítulo 4º (Identidad mesiánica de Jesús) acaba con profundizar en el esposo mesiánico, que es Cristo. Es claro que el signo y símbolo del esposo inunda la teología de la belleza. En la parte segunda se nos ofrecen temas esenciales de una cristología sistemática, a saber, la fe en Cristo y el misterio de Dios (301-338). Hablamos de cristología en relación trinitaria. Son bellas las páginas tituladas Dire Dio a partire da Gesú Cristo (303-306). La revelación que adviene con la Encarnación, el Verbo encarnado, expresa por sí mismo al Padre. E igual acaece con las páginas de cristología y pneumatología. El final de capítulo profundizando, esta vez es expresivo de veras. Se nos dice: La Encarnación: Un Dio capace dell´uomo (335-338). Todo un campo de antropología teológica, como ase ve. Será esto precisamente desarrollado en el capítulo décimo. Se trata, pues, de alumbrar el misterio del ser humano a la luz de Cristo, y he ahí un hermoso subtítulo y párrafo que nos viene de perlas: Dio fa grazia all´uomo in Cristo (365-367). Hablamos de la vocación divina de todo ser humano. Y así surge, efectivamente, esta contemplación: “La predestinación de Cristo es nuestra predestinación en Cristo” (Approfondimento, 376). En esta parte segunda no podía faltar en un Manual actual el tema de la salvación junto a la teología de las religiones. Hoy esto presenta varios modelos interpretativos, bien del Concilio Vaticano II, bien de la intervención de la Comisión Teológica Internacional, en su tercera parte (1997). Un documento este –se recordará- que trae de continuo referencias a la Redemptor Missio (J. Pablo II). Referencias en las que profundiza Battaglia, en especial resaltando el númº. 9 de dicha encíclica: a) La posibilidad  real de la salvación en Cristo de todos los hombres; b) La necesidad de la Iglesia en orden a tal salvación. En definitiva, vivimos una espera en la que la mediación efectiva de Cristo se une a un cumplimiento en el cual ponemos fe: el crecimiento del Reino de Dios (399).  Y al final, el correspondiente approfondimento: “Espiritualidad y diálogo religioso”. Urge aquí el espíritu de Asís. El capº 12 era de esperar en Battaglia, que no en vano es el Presidente de la Academia Mariana Internacional. Habla del Hijo de Dios que ha nacido de una mujer (Gal 4,4). Cristología y Mariología, pues, de la mano, es decir, la Virgen en la economía histórico-salvífica de Cristo; la misión de la Virgen a la luz de la mediación (410-420). Contemplemos: María al servicio de la gloria de Jesús y de la fe de los discípulos (ese es el approfondimento esta vez). En la tercera parte de la obra se expande cuanto venimos advirtiendo de los approfondimentii Es forma de hacer teología antigua, pero que en nuestro autor tiene agua siempre viva. Dos capítulos se explayan por esta ladera. El 13 hacia una Cristología contemplativa y sapiencial. El 14 hacia la via pulchritudinis en Cristología. Unir experiencia y sabiduría de Dios (en el 13) va a la zaga de S. Buenaventura y sus sensi spirituali como práctica y búsqueda contemplativa. La via pulchritudinis es una querencia del A/ demostrada en sus obras estos últimos años. Revelación, salvación y belleza tocan a un son. La belleza es cualidad máxima del Hijo de Dios. Vivir bajo la guía del Espíritu es posible gracias a la hermosura del Esposo. Un don de Dios que debería tener siempre empuje pastoral para hablar del Reino. Deseo, finalmente, resaltar el tino del A/ en algunas reformas de esta 2ª edición. Ahora en el capº. primero, que trata de la cristología neotestamentaria, del Alfa y Omega, quita (o la mete en futuras notas) un approfondimento que antes se centraba en bibliografía, o casi; y ahora se centra en María Virgen que acoge al Hijo de Dios en la Historia. Estamos sumidos en la vía de la contemplación del misterio que nos ha sido revelado. Un acierto. Otro: el capº. 3 (La misión terrena de Jesucristo) antes (2008) se ceñía a oportunas bibliografías, y ahora se echa y acuesta por la compasión del Señor como meditación propia. Y otro, el capº. dedicado a la Resurrección, aconsejaba al final autores (Barbaglio, Torres Queiruga) explicando más el tema; ahora la contemplación va por este caz: recapitulación de todas las cosas en Cristo a partir de Ef. 1 y Col 1. En Él hacemos pie se obliga no sólo a un estudio hímnico de lo dicho, sino también a un himno de saboreo de las grandezas del plan de Dios en la Historia, a saber, de un ir hacia adentro en meditación, en el sosiego de la cercanía que nos depara  nuestro Dios. Quiero, felicitar que el A/ haya hecho otro tanto al hablar de la teología de las religiones en el capº. 11, pero ahora cambia también la profundización final del capítulo y la dedica a resaltar la Cátedra de Espiritualidad y Diálogo Interreligioso (inserta en el ámbito del Instituto de Espiritualidad) de reciente creación en nuestro Antonianum (Roma), y en conexión con el espíritu de Asís y la trascendencia mundial. Además de lo que eso significa, se da entrada ahí a un testigo del diálogo como fue Mons. Luis Padovese. Ejerció de Presidente de ese mentado Instituto (1987-2004). Al acabar en este cargo fue consagrado obispo, nombrado Vicario Apostólico de Anatolia, y trágicamente asesinado en junio de 2010. Contemplar y visualizar a los testigos de Jesús el Señor es confirmarse en que el diálogo va más allá de las palabras, cuando se pronuncian con sangre en la boca. Quiero felicitar a Battaglia por este quehacer de cultivar una teología donde se entrelaza actividad intelectual, experiencia espiritual y empeño pastoral. Tanto él como las ediciones del Antonianum merecen nuestro ¡Albricias! Un gozo.
                                                                      
Ed. Pontificia Università Antonianum, Roma 2013, 475 pp., 22´5 x 15 cm.


Teología. Hombres nuevos (7)





                                                     El Bautismo
                     Hombres nuevos en Cristo


                                                 VI

                                    Configurarse con Cristo

Hay una relación directa entre el anuncio del mensaje de salvación de Dios realizado por Jesús y su seguimiento, pues ir tras él conlleva configurarse con su persona y vida; morar en él es formar el cuerpo de los hijos de Dios: «Sabemos que todo concurre al bien de los que aman a Dios, de los llamados según su designio. A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,28-29; cf. Flp 3,10.21).

Morar en Cristo. Hemos afirmado la continuidad de la presencia de Jesús con la presencia del Resucitado por obra del Espíritu, con lo que permanece la salvación de Dios en la historia. Y del contenido del mensaje de Jesús, que fue el Reino, se pasa al anuncio de la persona del Resucitado. Se identifica el anuncio de la salvación con el de la persona de Cristo. Pero anunciar a Cristo es también unirse a él, morar «en él». Esto implica asumir el destino de Jesús, del cual él hizo partícipes a sus discípulos: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34par). Y Jesús entiende la vida como servicio en contraposición al poder y dominio que se ejerce en la sociedad (cf. Mc 10,45), sentido de vida que deja como testamento a sus discípulos (cf. Mc 14,22-25par; Jn 13,2-14). Comprender la vida como amor, visibilizada en el servicio, se concreta en dar la vida por todos; es el destino de pasión y muerte (cf. Mc 8,36).
Este estilo de vida lo sigue Pablo cuando enseña que el cristiano debe configurarse con Cristo; como fue la vida de Cristo, así es la vida del creyente en él (cf. Rom 15,1-3; Flp 3,7-8). Conformarse a la persona de Cristo es asumir como propias las actitudes que modelan su vida como servicio. Entonces la vida de Jesús, como manifestación del amor de Dios al hombre, es a la que se conforma el cristiano, cuyo amor, vivido según Dios, va a ser la clave de su unión con Jesús, de la participación en su salvación y del ofrecimiento de dicha salvación a todo el mundo. Pablo se pone como ejemplo de este proceso del amor: el Padre se entrega al Hijo, el Hijo se entrega a Pablo (cf. Gál 2,20) y Pablo a todos los cristianos (cf. Rom 15,16-20). Y se fomenta la unidad y el significado del amor gracias al Espíritu (cf. Rom 8,15; 2Cor 11,23-33). El amor nace de la experiencia de la fe, que se desarrolla precisamente cuando se ama: «... lo que cuenta es una fe activa por el amor» (Gál 5,6). El amor, y su expresión servicial, es el que deben practicar los cristianos y con él que amplían la imagen divina del Hijo, es decir, su filiación divina (cf. 1Cor 15,44-49; Flp 2,5-11; etc.).

La relación que establece el amor de Dios configura a Cristo y a los cristianos y comporta una lógica propia. Para que exista, es necesario la desapropiación de su dignidad, como hemos visto en el himno de la carta a los Filipenses (2,6-8). Esto estructura la condición histórica que experimenta Jesús: participa de la vida humana en su desnudez, sin poder social, intelectual y religioso, tomando un estilo de vida humilde y sencillo al margen de toda pretensión personal (cf. Gál 4,1; Flp 2,7; etc.); la afirmación paulina es clara: «... el Mesías no buscó su satisfacción» (Rom 15,2-3; cf. Mc 15,30-31par). Y con la forma de siervo, con la debilidad que implica el despojo de su gloria y la pobreza, propone la salvación a todos los hombres. La salvación definitiva comienza cuando el amor de Dios actúa en la vida de su Hijo y en la de los hombres hechos hijos suyos y hermanos de él. Así la creación reorienta su andadura hacia la verdadera plenitud. Jesús termina su vida exaltado, retornando a la gloria del Padre, constituido Hijo de Dios para siempre. Este ciclo vital es el que recorre el cristiano; sigue el mismo proceso de Jesús. Cuando inicia su experiencia amorosa salvadora de los demás por la fe en Jesús, con la que asume la justificación divina, en ese mismo momento comienza su «resurrección», su «vida eterna» en términos joánicos (cf. Jn 3,15.36; 5,24). La vida, entendida como relación de amor, se convierte en una entrega sin límites a los demás; se transforma en servicio a los demás, y, a la vez, nace desde Dios y para Dios, porque es precisamente Dios con su Espíritu quien le ha dado, no sólo el querer entregarse, sino también la fuerza para hacerlo. Por consiguiente, la Encarnación, como expresión máxima del amor, que entraña la desapropiación de los atributos del Verbo, termina en la cruz, que es la desapropiación humana del Hijo y manifiesta la entrega sin límites que el cristiano hace de sí mismo por amor (cf. Jn 15,13). Y en ese proceso histórico de Jesús y de los que creen en él surge el hombre «nuevo», «imagen y semejanza» de la nueva revelación de Dios entendido exclusivamente como amor.